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San Pedro y San Pablo: personalidades encontradas, amigos de Dios

Siempre me ha parecido fascinante la forma en que cada uno de nosotros, desde su personalidad, es llamado por Dios y se le confía una misión en específico. A pesar de nuestras fragilidades, estamos invitados a proclamar la Palabra de Dios en medio del mundo, algunos desde la profesión específica, otros desde la vida consagrada, pero en definitiva, llamados a ser discípulos misioneros en un siglo que necesita esperanza y amor.

Peregrinar, ejercicio de fe, hoy como ayer

Uno de nuestros lemas siempre ha sido “viajar y peregrinar no es lo mismo”, y por ello, uno de nuestros principales objetivos, es estar a la altura de una verdadera peregrinación como la tradición de la Iglesia la ha vivido y la ha entendido siempre. Esto nos obliga a no caer en la tentación de, al preocuparnos tanto por las comodidades externas, olvidar que estamos sobre todo ante un ejercicio de FE y reparación.

Peregrinar a Tierra Santa es «hacer un camino del alma»

Me encanta esta foto y por eso se las dejo con un texto del mismo Juan Pablo II que nos dice cómo se debe peregrinar:

“Para hacer una peregrinación a Tierra Santa hay que ponerse en camino y hacer del viaje físico un “CAMINO DEL ALMA”. Debe meterse ante todo por caminos que el Señor le indicará para llegar hasta Él. Lo esencial de la peregrinación es la decisión interior de responder a la llamada del Espíritu de modo personal, como discípulos de Jesús. La peregrinación es pues “UN CAMINO DE CONVERSIÓN”: en ella el peregrino calca la experiencia del “HIJO PRODIGO”, quien conoce el pecado, la dureza de la prueba y de la penitencia, el sacrificio del viaje, pero conoce también la alegría del abrazo del Padre rico en misericordia, que lo reconduce de la muerte a la vida (cf. Lc 15,24)”