Cada 6 de agosto, en la Iglesia celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor, uno de los momentos más luminosos del Evangelio. En la cima de un monte, Jesús permitió que Pedro, Santiago y Juan contemplaran por unos instantes el resplandor de su gloria divina, anticipando la victoria de la Resurrección antes de emprender el camino hacia la Cruz.
Desde hace más de dieciséis siglos, la tradición cristiana identifica ese monte con el Monte Tabor, en la Baja Galilea. Allí se levanta la Basílica de la Transfiguración, uno de los santuarios más visitados por los peregrinos que recorren Tierra Santa. Pero ¿qué hace tan especial este lugar?
Una Monte que ha marcado la historia de la salvación
Mucho antes del nacimiento de Cristo, el Monte Tabor ya ocupaba un lugar destacado en la historia bíblica. Durante la época de los Jueces fue aquí donde la profetisa Débora convocó al general Barac para enfrentarse al ejército cananeo de Sísara, obteniendo una de las grandes victorias del pueblo de Israel (cf. Jueces 4-5).

Su posición dominante sobre la llanura de Jezreel también lo convirtió durante siglos en una importante fortaleza militar. Restos de murallas romanas, cruzadas y medievales recuerdan que esta montaña fue considerada siempre un punto estratégico.
Sin embargo, para los cristianos, el Monte Tabor dejó de ser solamente una fortaleza para convertirse en una montaña de revelación, donde Cristo manifestó la gloria que permanecía escondida bajo su humanidad.
Desde los primeros siglos los cristianos peregrinan hasta aquí
Aunque los Evangelios no mencionan expresamente el nombre del monte de la Transfiguración, ya en el siglo IV San Cirilo de Jerusalén hablaba del Tabor como el lugar tradicionalmente venerado por los cristianos.
Los primeros testimonios arqueológicos confirman que muy pronto comenzaron las peregrinaciones. Hacia el año 570, el llamado Peregrino de Piacenza describía tres iglesias construidas sobre la montaña, evocando las tres tiendas que San Pedro quiso levantar durante la Transfiguración.

Aquellas primeras basílicas fueron sucedidas por iglesias bizantinas, monasterios benedictinos y fortificaciones cruzadas, hasta que las invasiones musulmanas destruyeron prácticamente todo el conjunto en el siglo XIII.
Los franciscanos devolvieron la vida al santuario
Durante casi cuatrocientos años el Monte Tabor permaneció prácticamente abandonado. Cuando los franciscanos regresaron a Nazaret en el siglo XVII, nunca dejaron de subir cada 6 de agosto para celebrar la fiesta de la Transfiguración, aun cuando todavía no podían establecerse allí.

Finalmente, en 1631, obtuvieron el permiso para regresar definitivamente a la montaña. Desde entonces, la Custodia Franciscana de Tierra Santa ha conservado este santuario de manera ininterrumpida, manteniendo viva una tradición que continúa hasta nuestros días.
Una basílica que es una auténtica catequesis hecha arquitectura
La iglesia actual fue construida entre 1921 y 1924 por el célebre arquitecto italiano Antonio Barluzzi, considerado el gran arquitecto de los santuarios de Tierra Santa. Fue, además, su primera gran obra en la región.
Barluzzi quiso que el edificio ayudara al peregrino a comprender el Evangelio incluso antes de escuchar una explicación. Por ello eligió un estilo inspirado en la arquitectura sirio-romana y levantó la basílica sobre el mismo terreno venerado desde la época bizantina.

Las dos torres que flanquean la fachada se alzan sobre antiguos oratorios dedicados a Moisés y Elías, los dos personajes que aparecen junto a Cristo durante la Transfiguración y que representan la Ley y los Profetas.

Al entrar en el templo, toda la atención se dirige hacia el gran mosaico dorado de Cristo transfigurado que domina el presbiterio. La luz natural entra cuidadosamente orientada hacia el ábside, haciendo que la imagen de Cristo parezca resplandecer, evocando el relato evangélico.

Bajo el altar principal se conserva la cripta con restos del antiguo santuario bizantino. Sus mosaicos desarrollan un profundo recorrido teológico que une la Encarnación, la Eucaristía, la Cruz y la Resurrección, mostrando que la gloria contemplada en el Tabor solo puede entenderse plenamente a la luz de la Pascua.

Desde su cima se contempla la Galilea
Pocos lugares ofrecen un panorama tan impresionante. Desde las terrazas de la basílica pueden contemplarse el valle de Jezreel, Nazaret, el Monte Carmelo, el lago de Galilea, los Altos del Golán e incluso, cuando el cielo está despejado, el Monte Hermón.

No es difícil comprender por qué tantos peregrinos afirman que el Monte Tabor es uno de los lugares más hermosos de Tierra Santa.
Porque todo peregrino necesita subir al Tabor
La experiencia del Monte Tabor no termina cuando se abandona la basílica. La Transfiguración fue un regalo que Jesús hizo a sus discípulos para fortalecerlos antes de la Pasión. Aquella luz les permitió comprender, después de la Resurrección, quién era verdaderamente el Maestro al que habían seguido.

También hoy el peregrino necesita subir al Tabor. Todos necesitamos momentos en los que Dios nos permita contemplar, aunque sea por un instante, la belleza de su presencia para afrontar con esperanza las cruces de la vida.

Por eso, al celebrar la fiesta de la Transfiguración del Señor, la Iglesia nos invita a volver la mirada hacia esta montaña de Galilea, donde el cielo pareció abrirse y donde, todavía hoy, miles de peregrinos siguen escuchando las mismas palabras del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo» (Mt 17, 5).

