Una de las más grandes experiencias en la vida, es ver un amanecer en el Monte Sinaí. Es un espectáculo natural único en medio del desierto, pero también un momento que invita a la oración y la contemplación. En esta entrada te platicamos más sobre este imponente lugar bíblico.
El Monte Sinaí es una elevación de 2,285 metros, la segunda más grande de la Península homónima. Se ubica al nordeste del actual Egipto. Se nombra en árabe “Gebel Musa”, que significa el Monte de Moisés. Pero en el Antiguo Testamento fue nombrado Sinaí, Monte Horeb (Éxodo 33,6) o el Monte de Dios.

El libro del Éxodo narra cómo aquí acampó el pueblo de Israel después de su liberación de la esclavitud en Egipto. Aquí Dios se les manifestó entre humo, fuego y truenos (Éxodo 19,17-19). Aquí Dios dictó a Moisés sus mandamientos en dos ocasiones (Éxodo 20.34). Las primeras tablas en las que había escrito los mandamientos Moisés las destrozó al encontrar al pueblo adorando a un becerro de oro que habían fabricado.

El Monte Sinaí aparece en otros pasajes bíblicos. Fue refugio del profeta Elías mientras huía de la reina Jezabel que lo perseguía por haber dado muerte a los profetas de Baal (1 Reyes 19, 1-9). Aquí llegó desde el Monte Carmelo y se alojó en una cueva. Dios le pidió permanecer ahí porque iba a pasar. Pasó primero un huracán, un terremoto y un rayo, pero Dios no estaba ahí. Pasó entonces en el murmullo de una suave brisa.

La experiencia de llegar a la cima del Monte Sinaí es ya única. Para poder ver desde ahí el amanecer hay que llegar a la ladera muy de mañana. A las tres de la mañana comenzar el ascenso a través de “los escalones del arrepentimiento”. Fueron tallados por los monjes del cercano monasterio de Santa Catalina. También existe la posibilidad de subir en camello. Aunque por seguridad el descenso debe ser a pie.

En el trayecto puedes ver una capilla dedicada a la Virgen María. Casi en la punta, el Manantial de Elías. Ya en la punta, una capilla dedicada a la Santísima Trinidad, reconstruida en 1934 sobre los restos de una iglesia del siglo IV. Cerca de ahí, una mezquita del siglo XII que recuerda los 40 días y 40 noches que permaneció Moisés escribiendo las Tablas de la Ley (Éxodo 34, 28).
Llegar a la cima toma entre dos o tres horas. De comenzar a las tres de la mañana, llegas entre las cinco o las seis de la mañana, el mejor momento para contemplar el amanecer. Un espectáculo que además te conduce a la reflexión.
Subir es ya recordar que el sentido de la vida es ir hacia lo Alto, hacia Dios. En la oscuridad, que puede haber miedos e incertidumbres; pero que la fe es el camino que conduce a lo Alto. Finalmente, el obscuro desierto que se ilumina con la luz del sol, como Dios ilumina en la obscuridad de nuestros propios desiertos de la vida.

Como Moisés y el pueblo de Israel, el Monte Sinaí puede ser en tu peregrinación signo de una alianza con Dios. Ellos caminaban en el desierto, libres pero errantes y aquí Dios le salió al encuentro para hacer una alianza que cambió su historia. Les dio su Ley y les prometió una Tierra. Así tú también puedes renovar tu alianza con Dios en el Sinaí ¿Señor cómo quieres que yo actué ante las diferentes circunstancias de mi vida? ¡Señor sé que me has prometido una Patria en el Cielo de la que gozaré pero dame la fuerza de ser hoy fiel a tus mandatos!

¿Quiero y espero que Dios se manifieste en mi vida en “grandes” cosas? Entonces como para Elías, la subida al Monte Sinaí nos renueva en la sencillez de la experiencia de Dios en nuestras vidas. No en la fuerza el huracán ni del terremoto. Tampoco en la deslumbrante luz. Sino en la suave brisa como la que acarició a Elías. Ese momento de lucidez, de esperanza o de paz ante situaciones que nos sobrepasan…así es como Dios pasa en nuestra vida.
En fin, estas son apenas unas “pinceladas” de todo lo que la experiencia del Sinaí podría evocar en el interior de un peregrino que busca encontrarse con Dios. Definitivamente es una experiencia que debes vivir y de la que seguro podrías narrar tu propia historia, tu historia de alianza y encuentro con Dios.
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