Santuarios Marianos

Toda la vida de la Virgen María se resume en la palabra, “hágase”. Hacer la voluntad de Dios, fue su virtud y su mensaje por excelencia. Al inicio, cuando el Ángel le anuncia que de ella nacerá el Mesías, responde “Hágase” (Lc. 1,26- 38) y después en las bodas de Caná, nos pide hacer lo mismo: “hagan lo que Él les diga” (Jn. 2, 1-12). Un “hágase” constante, que le llevó a aceptar en silencio la inexplicable y vergonzosa muerte de su propio Hijo en la cruz (Jn. 19, 25) y una nueva “maternidad” para toda la eternidad: “Mujer ahí tienes a tu hijo, hijo ahí tienes a tu Madre” (Jn. 19, 26-27).

María siempre fiel a su misión, estuvo junto a los primeros discípulos ayudándoles a perseverar en la oración (Hch. 1, 14) y ha estado a través de los siglos, junto a nosotros que somos la Iglesia de su Hijo, manifestándosenos en diversos lugares y de diversas formas, para interceder, para sanar, para protegernos y sobre todo, para indicarnos el Camino.

Sin María, sin la raíz de la carne cuerpo de Cristo, todo el misterio de la Encarnación habría perdido su imprescindible materialidad y se habría convertido en un simple espiritualismo o simple ideología.

Nuestro culto a María es el desarrollo lógico y orgánico de los postulados evangélicos. María no es la enemiga de la cristología como nos lo han hecho ver muchas veces nuestros hermanos de la reforma protestante, sino un capítulo fundamental de nuestra espiritualidad, sin el cual faltaría sustento y estabilidad. Más aún, según la antigua proclamación litúrgica, María al indicarnos de muchas maneras el Camino, es la “destructora de toda herejía”. Su función maternal de proteger al Hijo y a nosotros sus hijos, continúa y continuará haciéndose presente, hasta el fin de los tiempos.

Peregrinar a María es garantizar que llegaremos a Cristo. María fue el medio para que Dios llegara a los hombres, y ella es el medio para que los hombres lleguemos a Dios. Quien camina con María tiene segura la llegada y la perseverancia en Jesús: “a Jesús por María”

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