Cada año, cincuenta días después del Domingo de Resurrección, los cristianos celebramos la gran solemnidad de Pentecostés, el día en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles reunidos en Jerusalén, en el Monte Sión, donde nació la Iglesia como comunidad viva y misionera. Pero para comprender mejor este acontecimiento, es necesario mirar más atrás, a sus raíces judías.
Pentecostés, una fiesta de peregrinación
Antes de ser una fiesta cristiana, Pentecostés era una fiesta judía muy antigua conocida como Shavuot, o la Fiesta de las Semanas, celebrada siete semanas después de la Pascua hebrea. En sus orígenes, era una festividad agrícola para agradecer a Dios por las primicias de la cosecha, especialmente del trigo. Con el tiempo, también conmemoró la entrega de la Torá en el Sinaí, lo que dio aún más profundidad espiritual al evento.
Por ser una de las tres grandes fiestas de peregrinación (junto con Pascua y Tabernáculos), judíos de todas partes del mundo —tanto de habla hebrea como griega y otras lenguas— acudían al Templo de Jerusalén para ofrecer sacrificios. De ahí que en el capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles se mencionen a tantos pueblos presentes aquel día: “Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, Roma…” (Hch 2,9-11).

Pentecostés: Babel a la inversa
En este contexto internacional y multilingüe, ocurrió algo extraordinario: el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos reunidos en el Cenáculo del Monte Sión, y comenzaron a hablar en distintos idiomas. Pero a diferencia de la confusión de lenguas en la Torre de Babel (Gn 11), aquí todos entendieron el mensaje de salvación. Pentecostés es, pues, la respuesta divina que une lo que el pecado había dispersado: la humanidad comienza a entenderse en el lenguaje del amor de Dios revelado en Cristo.

Los peregrinos que oyeron ese anuncio en Jerusalén llevaron la Buena Nueva de regreso a sus tierras. Así comenzó la expansión del cristianismo por lugares que hoy se encuentran en países como Turquía (Capadocia, Frigia, Panfilia), Siria, Irak, Egipto, Italia… En otras palabras, muchas de las primeras comunidades cristianas nacieron gracias a los que escucharon el primer anuncio en el Monte Sión.
Desde Jerusalén al mundo: ayer y hoy
Hoy, los cristianos de todo el mundo seguimos haciendo romerías, palabra que proviene justamente de quienes peregrinaban a Roma, como símbolo de nuestra comunión universal. Pero si hubo un lugar donde la Iglesia nació visiblemente, fue en Jerusalén, en el Monte Sión, donde se encuentra el Cenáculo, el mismo lugar de la Última Cena y de la venida del Espíritu Santo.

En este Año Jubilar 2025, que comenzó con la apertura de la Puerta Santa en diciembre pasado, el recuerdo de Pentecostés cobra especial sentido. La Iglesia está llamada a renovarse en el Espíritu, a redescubrir su misión evangelizadora, como aquellos primeros discípulos.
También este año conmemoramos los 1700 años del Concilio de Nicea (325), donde se definió la fe en la divinidad del Espíritu Santo. Y hemos sido testigos de un evento profundamente simbólico y lleno de esperanza: la elección del Papa León XIV. En cierto sentido, este acontecimiento fue también un nuevo Pentecostés: los cardenales, hombres de diferentes continentes, lenguas, razas y naciones, se han unido bajo la acción del Espíritu Santo para elegir al Pastor que guiará a la Iglesia universal en esta nueva etapa. Una imagen viva de la universalidad, la comunión y la renovación que el Espíritu sigue suscitando.

La peregrinación es vivir un Pentecostés
Toda peregrinación es, en cierto sentido, un nuevo Pentecostés. En el trayecto, en los santuarios o en el mismo grupo, los peregrinos se encuentran con personas de diferentes lugares, culturas, e incluso de otros idiomas y de otras formas de rezar… y sin embargo, en un santuario mariano, frente a la Eucaristía, en una procesión en Fátima o una adoración Eucarística en Jerusalén, todos entienden. No por las palabras, sino porque compartimos la misma fe: aquella que nació justamente en Pentecostés, en el Monte Sión.

Cada peregrinación es un viaje en el que se reciben dones invisibles pero reales: la paciencia en el cansancio, la gratitud en lo sencillo, la escucha ante el dolor del otro, la valentía para abrir el corazón. El Espíritu Santo, que transformó a pescadores asustados en apóstoles audaces, también actúa hoy en los corazones de quienes caminan buscando a Dios.
Así, cada peregrinación es una imagen viva de la Iglesia: en camino, animada por el mismo Espíritu, y enviada —como aquellos primeros discípulos— a compartir lo vivido con alegría.

