San Francisco de Asís, cuyo espíritu de humildad es mundialmente conocido, también es recordado como un constructor de paz. En una época marcada por las Cruzadas, en las que los ejércitos cristianos y musulmanes luchaban por el control de Tierra Santa, Francisco optó por un camino radicalmente distinto: el diálogo. Te invito a leer completa esta entrada para conocer esta fascinante historia.
El encuentro con el sultán
En junio de 1219, San Francisco, acompañado de 12 frailes, se embarcó en Ancona con destino a Damieta, Egipto, donde los cruzados sitiaban la ciudad. Francisco, horrorizado por el egoísmo de los soldados cristianos, decidió tomar una acción diferente y cruzar al campo enemigo para dialogar directamente con el sultán Malik al-Kamil.

A pesar de los riesgos, ya que la cabeza de los cristianos estaba puesta a precio, Francisco fue valiente y claro: se presentó ante el sultán declarando que Dios mismo lo había enviado para mostrarle el camino de la salvación. El diálogo que entablaron, lejos de ser violento, fue respetuoso. Francisco desafió a que un musulmán y él entraran en una hoguera, a quien no le hiciera daño el fuego sería el seguidor de la religión verdadera. El sultán rechazó el desafío.
Este encuentro fue un punto de inflexión. Aunque Francisco no logró convertir al sultán, sí dejó una impresión profunda. Se dice que Malik al-Kamil comentó: «Si todos los cristianos fueran como él, entonces valdría la pena ser cristiano». A partir de este diálogo, surgió la presencia franciscana en Tierra Santa a través de la Custodia Franciscana, que hasta el día de hoy, después de 800 años, sigue ayudando tanto a cristianos como a musulmanes en la región, ofreciendo servicios como escuelas, fuentes de trabajo y asistencia social.

La misión franciscana en Tierra Santa
No tenemos registro escrito de la presencia de Francisco en los Santos Lugares como Jerusalén, Belén, Nazareth; pero sí estamos seguros que su profundo amor por Tierra Santa quedó grabado en el corazón de su Orden. De hecho, ya en 1217, durante su vida, se fundó la «Provincia de Tierra Santa», una división de los franciscanos dedicada a proteger y servir en esos lugares. Esta misión fue confirmada formalmente en 1263, y hasta hoy, los franciscanos son guardianes de los sitios más sagrados para el cristianismo.

La Custodia Franciscana, además de preservar estos lugares santos, ha sido una fuente de paz en la región, ayudando a cristianos y musulmanes a través de obras que promueven la educación y el bienestar común. Este legado, que se remonta al diálogo pacífico entre Francisco y el sultán, continúa siendo un faro de esperanza en una región aún marcada por conflictos.

San Francisco como modelo de paz en tiempos de guerra
Hoy, en un contexto de guerras en varias partes del mundo, incluyendo Tierra Santa, el ejemplo de San Francisco es más relevante que nunca. Nos invita a optar por el diálogo y la reconciliación, en lugar de la violencia. Su encuentro con el sultán no solo evitó más derramamiento de sangre, sino que estableció una tradición de paz que ha perdurado más de 800 años. La presencia franciscana en Tierra Santa es una prueba de ello. San Francisco de Asís nos recuerda que la paz verdadera se consigue con humildad y respeto por la dignidad de cada persona, sin importar su religión o cultura.

Para terminar, te invito a rezar esta oración que sí bien no conocemos su autoría, ha sido atribuida a San Francisco y encierra mucho de su espiritualidad:
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.
Maestro, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.
Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.
Amén.

