POR FRAY EDUARDO SÁNCHEZ
Durante el maravilloso tiempo de la Navidad, la Iglesia nos invita a celebrar la solemnidad de la Epifanía del Señor.
En algunos ambientes cristianos, hispanoparlantes, y angloparlantes: esta fiesta es conocida como el “día de Reyes”, o “los santos Reyes”. Pero no es una fiesta exclusiva de estos personajes provenientes de Oriente; es una fiesta del Señor conocida ya desde antiguo, en Tierra Santa, al menos desde la época bizantina (313 – 638 d.C.), con el nombre de Epifanía, como lo mencionan en sus itinerarios los peregrinos antiguos que vinieron a Tierra Santa, por ejemplo, Egeria la peregrina gallega.[1]

El nombre de Epifanía, viene de la lengua griega: επιφανεια, epiphaneia,[2] que se significa: “manifestación”, manifestación del niño Dios a los pueblos paganos, representados en los Magos de oriente, que no pertenecían al pueblo de Israel.
El Evangelio de san Mateo es el único, entre los evangelios canónicos, que nos da noticias sobre este hecho: “la estrella que anuncia, a los magos de Oriente, el nacimiento entre los hebreos del Príncipe de la Paz”.
Recordemos que el evangelista Mateo, es un judío que vivía en Cafarnaum donde trabajaba para los romanos recaudando los impuestos a los judíos, por lo que era despreciado, considerado por el pueblo un pecador, un traidor. Pero una vez que encuentra a Yeshúa, su vida cambió totalmente, formó parte de los 12 apóstoles.
Sus reliquias se veneran en la Catedral de Salerno, Italia. Su fiesta se celebra en toda la Iglesia el 21 de septiembre. En la descripción de los cuatro seres del Apocalipsis cap 4, 6-9; 14, 3; 19, 4: león, toro, hombre y águila; o de la descripción de la visión que el profeta Ezequiel tiene a orillas del rio Quebar (hoy Irak), cap 1, 6; san Mateo es asociado, al menos ya desde la época bizantina, inicios del siglo IV, con el aspecto humano (ángel), porque su evangelio empieza haciendo la lista de la genealogía de Jesús; “Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y sus hermanos…” Mt 1, 2 ss

San Mateo escribió el Evangelio, que lleva su nombre, dirigido a los cristianos de origen judío donde enfatiza que Jesús es el Mesías que anunciaba el Antiguo Testamento.
Sabemos por los Historiadores Eclesiásticos, como Ireneo de Lyon (año 185) en “Adversus haeresses” libro III 1, 1 y Eusebio de Cesaréa (año 330) en su “Historia Eclesiástica” libro III 24, 6 y 39, 16 que san Mateo escribió el evangelio, que lleva su nombre, en hebreo; una copia de este Evangelio se encontraba aun en la grande y famosa Biblioteca de Cesaréa Marítima en Tierra Santa como lo afirma san Jerónimo.[3]
Su evangelio posteriormente se traduce al griego para que el mensaje pudiese llegar a más oyentes, ya que la lengua común en el imperio romano de Oriente era el griego.
El texto de san Mateo, nos narra:
«Jesús había nacido en Belén de Judá durante el reinado de Herodes. Unos Magos que venían de Oriente llegaron a Jerusalén, preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo.»
Herodes y toda Jerusalén quedaron muy alborotados al oír esto. Reunió de inmediato a los sumos sacerdotes y a los que enseñaban la Ley al pueblo, y les hizo precisar dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, pues así lo escribió el profeta Miqueas: -y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en absoluto la más pequeña entre los pueblos de Judá, porque de ti saldrá un jefe, el que apacentará a mi pueblo, Israel»-.
Entonces Herodes llamó en privado a los Magos, y les hizo precisar la fecha en que se les había aparecido la estrella. Después los envió a Belén y les dijo: «Vayan y averigüen bien todo lo que se refiere a ese niño, y apenas lo encuentren, avísenme, porque yo también iré a rendirle homenaje.» Después de esta entrevista con el rey, los Magos se pusieron en camino; y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño.
¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez a la estrella! Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra. Luego se les avisó en sueños que no volvieran donde Herodes, así que regresaron a su país por otro camino» (Mt 2, 1-12).
¿Magos o reyes?
El Evangelio tiene varios detalles interesantes que analizaremos:
“Unos Magos que venían de Oriente”.
La palabra griega mago μάγος, magos indica a “sabios”, conocedores del movimiento de los astros del cielo. Con el tiempo se le comenzó a llamarles reyes, “reyes magos”, por el cumplimiento de las profecías en el Antiguo Testamento que anunciaban que los reyes vendrían a postrarse ante el Señor.

“¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, y su gloria se verá sobre ti.
Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá. Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor”. Isaías 60
“Los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; póstrense ante él todos los reyes, y sírvanle todos los pueblos” sal 71.
Estos magos sabían que al pueblo hebreo en Palestina les había nacido un príncipe y venían en su búsqueda.
¿Un acontecimiento tan importante y pasa desapercibido?
He escuchado en algunos ambientes cristianos que no comparten nuestra fe católica que el acontecimiento del nacimiento de Jesús en Belén, pasó desapercibido y que solo “unos cuantos se enteraron, entre ellos algunos pastores y el Rey Herodes”. Pero el texto de Mateo nos dice lo contrario: “Herodes y toda Jerusalén quedaron muy alborotados al oír esto. Reunió de inmediato a los sumos sacerdotes y a los que enseñaban la Ley al pueblo, y les hizo precisar dónde tenía que nacer el Mesías” Mt 2, 3-4.

¿Cuántos magos eran y cómo se llamaban?
El evangelio de san Mateo no nos da esta información, pero recurriendo a la antigua tradición cristiana reflejada en las fuentes literarias y en el arte paleocristiano o el arte cristiano primitivo de los siglos II – VI, nos dicen que eran tres magos.
El famoso “Evangelio de los hebreos”, del siglo II, nos dice: “Los magos son tantos y son guiados, por tres jefes llamados: Melco, Caspare y Fadizarda”.[4]
Hoy se desconoce el paradero de este “Evangelio de los hebreos”, pero se sabe de su existencia y de su contenido porque viene citado por el escritor eclesiástico Orígenes que vivió en Cesaréa Marítima en el siglo III, y por algunos padres de la Iglesia, del siglo IV, como Eusebio de Cesaréa, san Jerónimo, san Epifanio de Salamina.

Los frescos de las catacumbas de santa Priscila, en Roma, del siglo II, presentan una escena donde se ven tres personajes ofreciendo dones al Niño Jesús sostenido en el regazo de María, su madre.
Los nombres de los magos, si bien eran ya mencionados por el Evangelio de los Hebreos, los conocemos hoy popularmente gracias a los mosaicos de la antigua Iglesia del siglo VI de san Apolinar en Ravena, Italia, que hoy se pueden apreciar. Y en dichos mosaicos encontramos a estos tres personajes vestido en trajes orientales persas y encima de cada uno de ellos sus nombres: Balthassar, Melchior y Gaspar. Representados cada uno con color de tez diferente el uno del otro: Baltasar: tez oscura, Melchor: tez amarilla, Gaspar: tez blanca.
“Póstrense ante él todos los reyes, y sírvanle todos los pueblos” sal 71.

Santa Helena, la mamá del emperador Constantino el grande, traería los restos mortuorios de los “reyes magos” después de su visita en Tierra Santa, en el año 326, a Constantinopla (la capital cristiana mas importante en Oriente, hoy Estambul, Turquía) donde se veneraban las reliquias hasta el 474 d.C. Después fueron llevadas a Milán, Italia y después en 1164 Federico Barbarroja, emperador del sacro imperio romano-germánico, se los llevó a Colonia, Alemania, donde hoy se encuentran en la esplendida catedral gótica del siglo XIII.
¿Realmente existió una estrella que guio a los magos?
“Entonces Herodes llamó en privado a los Magos, y les hizo precisar la fecha en que se les había aparecido la estrella” Mt 2, 7
Andrea Tornielli, periodista y escritor italiano, director del Dicasterio de la Comunicación del Vaticano, en su libro: “Investigación sobre el Niño Jesús”,[5] menciona que sí hubo un fenómeno astronómico que llamó la atención de los astrónomos de ese tiempo.
Textos antiguos encontrados en Sippar6 (Sippar es una de las ciudades antiguas de Babilonia y posteriormente Persia, hoy Irak, donde se desarrolló una importante escuela astronómica babilónica. En 1881 se descubrieron alrededor de 60,000 fragmentos de tablillas de arcilla conteniendo diferente tipo de información, algunas de ellas son calendarios que sirvieron a los antiguos babilonios para saber más sobre el movimiento de los astros) contienen cálculos astronómicos en escritura cuneiforme.

La Astronomía en Babilonia tuvo un profundo significado religioso, para los integrantes de esta civilización, los sacerdotes o astrónomos babilónicos determinaban como debían comportarse los habitantes de esta población, basándose en la interpretación que hacían de los cielos.

Con la escritura cuneiforme (caracteres de forma de cuña o clavo) realizaron los primeros registros de los objetos celestes; su astronomía a pesar de no contar con instrumentos sofisticados como un telescopio, dio al nacimiento a la astronomía en Babilonia, con la cual cimentaron las bases astronómicas para otras civilizaciones como la griega, hindú, bizantina, musulmana, siria y europea.
El Almanaque o calendario de Sippar, así conocido, registra un fenómeno astronómico que se verificó al final del año 8 e inicios del año 7 a.C.: la conjunción de dos planetas Júpiter y Saturno. (Júpiter considerado por los astrólogos persas referente al príncipe del mundo, y Saturno considerado como referente a la estrella de la región Siro-palestina). Dicha alineación se dio en la constelación de Piscis, que viene asociada al pueblo hebreo y los dos planetas estaban cerca y visibles después del atardecer, su alineación era espectacular e iluminaba bastante el cielo[6].
Todo esto da la posibilidad de afirmar que esta conjunción podría haber llevado a los astrólogos persas, Magos de Oriente, a predecir el nacimiento, la manifestación, entre los hebreos de Palestina, de un Príncipe del mundo de los últimos días.
La última vez que se pudo apreciar la gran conjunción planetaria, de estos dos astros gigantes, ocurrió en 1623, vista por el famoso astrónomo, matemático italiano Galileo Galilei. Y recientemente volvió a ocurrir el 11 de diciembre 2021. Júpiter y Saturno llegaron a su máximo acercamiento el 21 de diciembre de 2020.

Saturno arriba y Júpiter abajo; se ven después del atardecer desde el Parque Nacional Shenandoah; en esta imagen captada el domingo 13 de diciembre de 2020, el Luray, Virginia, Estados Unidos. Los dos planetas se acercan uno al otro en el cielo mientras se dirigen hacia una “gran conjunción” el 21 de diciembre, donde los dos planteas gigantes aparecerán separados por una decima de grado.
Pero retomando la fecha que nos indica el Almanaque de Sippar, que “la estrella de Belén” se dejó ver en los cielos a finales del siglo 8 e inicios del año 7 a.C. no coincidiría con el nacimiento de Jesús, porque ocurrió un par de años antes de su nacimiento. ¿Habrá algún error de cálculo en el calendario?
¿Los Magos tardarían tanto en llegar a Judea, desde que vieron el fenómeno que anunciaba buenas nuevas al pueblo hebreo? Si bien las caravanas se movían lentamente, alrededor de 20 kilómetros, mas o menos diarios; probablemente habrían tardado un par de meses o algo así en llegar desde Oriente, la antigua Persia, a Judea.
El Calendario Gregoriano
Para verificar esta equivocación matemática, debemos de echar un vistazo a nuestro calendario.
El calendario que hoy esta en uso a nivel mundial, llamado “gregoriano” tiene un error de cálculo de un par de años. Si ese error se corrigiera, hoy estaríamos en el año 2016 después del nacimiento de Cristo.
Hasta 1582, el calendario que regia en la Iglesia y en el mundo de entonces era el llamado “Juliano” introducido por Julio Cesar en el año 46 a.C. (año 708 de la fundación de Roma), era el calendario predominante en el mundo Romano, con 365 días divididos en 12 meses, agregando un día mas, en el mes de febrero, cada cuatro años, y usado posteriormente en la mayor parte de Europa y en los asentamientos europeos de América y otros lugares, hasta que fue sustituido progresivamente por el por el Calendario Gregoriano promulgado en 1582 por el papa Gregorio XIII.
En ese año de 1582, los astrónomos se dieron cuenta de que el equinoccio de primavera cayó el 11 marzo y no el 21 del mismo mes. Había un desfase de 10 días. Recordemos que la tierra, en su trayectoria elíptica alrededor del sol, no dura exactamente 365 días; dura 365 días más 5 horas, más 48 minutos, más 45, 16 segundos; y que a lo largo de los años se habían acumulado 10 días, por lo tal el Papa Gregorio autorizó corregir el calendario, quitándole 10 días. Y en ese año de 1582 del 4 de octubre al día siguiente pasó a ser 15 de octubre (yo diría que de san Francisco se pasó a santa Teresa de Ávila en ese año).

Pero ¿dónde esta el error de un par de años”? Situémonos en el año 526 d.C. o año 1279 de la fundación de Roma, el Papa Hormisdas confía la tarea, de contar los años de la historia de la humanidad después del nacimiento de Cristo y no después de la fundación de Roma, a un monje matemático originario de lo que hoy es Rumania-Bulgaria, llamado Dionisio “el pequeño”[7] conocido sobre todo por ser el creador del cálculo del Año del Señor para fijar la fecha de la Pascua, y para llegar a este objetivo se introduce la era cristiana, como sistema para numerar los años, comenzando con el año 1 después de Cristo (el año cero no se conocía en la Europa de su tiempo). Se continúo usando el computo del tiempo con el calendario Juliano, el año con 12 meses, 365 días, pero partiendo desde el nacimiento de Jesús.
El problema es que Dionisio se equivocó, en unos 4 a 7 años, al datar el nacimiento de Jesús en el año 753 de la fundación de Roma, cuando Herodes el grande murió en el año 750 de la fundación de Roma; Jesús no pudo haber nacido después de la muerte de Herodes, pues éste lo quería matar. Jesús nacería en el año 746 de la fundación de Roma. La era cristiana fijada por Dionisio en el año 526 d.C. tiene un error de cálculo de 6 o 7 años.
La aventura de la fe
El texto de Mateo nos dice:
“Después de esta entrevista con el rey, los Magos se pusieron en camino; y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. ¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez a la estrella! Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra. Luego se les avisó en sueños que no volvieran donde Herodes, así que regresaron a su país por otro camino» (Mt 2, 9-12).
Hay una meta que debemos alcanzar: el conocer más a Dios. El sacerdote chileno san Alberto Hurtado nos ha dejado una frase conocida por muchos: “la vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte para encontrarlo y la eternidad para poseerlo”.

Nuestra vida cristiana es una gran aventura que Dios nos concede para encontrarlo; y en este caminar, encontramos riesgos, obstáculos, tentaciones (en las nuevas ideologías de hoy) que nos pueden hacer perder la brújula en la búsqueda; las señales no siempre serán claras, desaparecerán, aparecerán, enfrentaremos nuevos problemas y cansancios. Cuando los magos viven esta situación preguntan a Herodes: “¿Dónde esta el Rey?”. Muchas veces quienes menos pensamos nos pueden orientar, nos pueden enseñar el camino.
Los magos llegan a su meta al encuentro con el Rey nacido. “La estrella se detuvo encima del niño”. El rey niño, revestido de humildad y sencillez recibe de estos personajes misteriosos lo mejor que traían: su adoración.
Nosotros, en esta aventura cristiana, somos guiados por la estrella de la fe que se nos ha dado en nuestro bautismo, y que nos lleva a encontrar a Jesús y a su Madre. Lo mejor que le podemos ofrecer es nuestro corazón frágil, herido, pero con un deseo enorme de amarlo, servirlo y adorarlo.

El Señor nos ha dejado más estrellas para poder encontrarlo, ya que nuestra vida de fe es un encuentro constante con Aquel que nos ha amado.
¿Cuáles son esas estrellas?
La Iglesia, la cual nos da los sacramentos donde encontramos a Jesús.
María, la Madre del Señor, ella nos lleva siempre a su Hijo, el Redentor del mundo.
Los santos y porque no cada uno de nosotros cuando encaminamos a otros a acercarse al Señor.
Y al Señor, le podemos ofrecer nuestro incienso: es decir nuestra alabanza, respeto, amor, nuestra adoración que suba como perfume agradable a su Presencia Divina. Nuestro oro: es decir nuestro esfuerzo de ser mejores cristianos en las cosas pequeñas de la vida dando testimonio de que Yeshúa es el Rey. Nuestra mirra: es decir nuestros dolores, sacrificios, incomodidades, aunados a la muerte redentora de Cristo.

Solo los sabios se ponen en camino para buscar el sentido de sus vidas, sentido que solo se obtendrá cuando se encuentra a Aquel que lo llena todo con su Amor. Aun hay sabios que le buscan y no se cansan de encontrarlo y gustar de su Presencia en la Eucaristía.
Que la estrella de la fe nos lleve al conocimiento pleno del Dios hecho carne por nuestra salvación. Que María Santísima nos acompañe. Que todos tengan una feliz y santa celebración de la Epifanía del Señor, acompañados de los santos Reyes magos. Amen.
Fray Eduardo Sánchez Vélez ofm
Epifanía del Señor 2024 Iglesia de san Pedro, Yafo, Israel –Tierra Santa
Itinerario de la Virgen Egeria (381-384), Biblioteca de Autores Cristianos, 2010, p. 73 y p. 267. ↑
Prefijo epi – sobre, superficie – y el verbo phainein –– relativo también a phaínesthai, aparecer, manifestar. ↑
Eusebio de Cesaréa, HE libro III, 24, 6 “Mateo en Judea, fue el primero a componer el Evangelio de Cristo en lengua y escritura hebrea… el texto hebreo todavía se conserva en la Biblioteca de Cesaréa… también a mí, de los Nazarenos de Berea, ciudad de la Siria, que usan este libro, me han dado el permiso para copiarlo” (san Jerónimo, De viriis illustribus 3) ↑
Andrea Tornielli, Inchiesta su Gesù Bambino, p. 156. ↑
Andrea Tornielli, Inchiesta su Gesú Bambino, p. 166. 6 Sippar dista de Jerusalén 900 km ↑
Andrea Tornielli, Inchiesta su Gesù Bambino, p. 166 ↑
Desde el siglo VI vivió en Roma y formó parte de la Curia Romana. ↑

