Sin duda uno de los santuarios más hermosos de Tierra Santa es el santuario que nos recuerda la memoria del Sermón de las Bienaventuranzas. Decimos «memoria» porque todo indica que este discurso no se habría realizado exactamente aquí, sino a unos 200 metros más abajo, casi en la misma orilla del Mar de Tiberiades.
Ahí, en 1935, se excavaron los restos de una iglesia y un monasterio de los siglos IV o V que habrían sido construidos por encima de una pequeña cueva natural, regularizada en forma cuadrada mediante mampostería. Ahora bien es verdad que el lugar actual del santuario que nos ocupa, nos presenta perfectamente el contexto geográfico de esta predicación.

Desde este lugar construido por los padres franciscanos bajo la dirección del arquitecto Antonio Barluzzi en 1937, y hoy custodiado por la hermanas franciscanas de Corazón Inmaculado de María, tenemos en efecto una vista privilegiada de la zona de influencia de la predicación de Jesús. Destaca el Lago de Genesaret o Mar de Galilea, a sólo unos pocos kilómetros la antigua ciudad Cafarnaún, el “pueblo de Jesús” y aún mas cerca, el lugar de la Multiplicación de los Panes en la misma orilla del lago.
Aquí pues, no se nos hace difícil ver a Jesús delante de todos sus seguidores, gente sencilla, pescadores, agricultores, arrieros, conductores de camellos, pastores, quizás mezclado algún ilustre pero sobre todo, el pueblo de la tierra, aquellos a quienes lo fariseos llamaban “am haarez”, semi analfabetos en gran parte, sin otro horizonte que trabajar, comer, dormir y morir.

En frente de dos magníficas casas para peregrinos, en medio de unos jardines bellísimos donde se acomodan varios lugares para las reflexión de los peregrinos y la celebración de la santa misa al aire libre, se encuentra la Iglesia.

Se trata de una iglesia de planta octogonal, como ocho son las bienaventuranzas, cubierta por una cúpula central de tambor y rodeada por un pórtico que hace más tenue la luz y el calor del sol hacia el interior. El uso de basalto negro local, piedra blanca de Nazaret y travertino romano forman un conjunto armonioso y permite que el edificio destaque entre la densa y bien cuidada vegetación.

En el interior, los elementos se disponen con sencillez: en el centro, el altar y el tabernáculo adosado a la usanza pre-conciliar, elevado sobre un pedestal de pórfido rojo, decorado con escenas de la Pasión en bronce dorado sobre fondos de lapislázuli y coronado por una arquivolta de alabastro.
Arriba, en el tambor, ocho ventanas con vidrieras donde se leen las palabras de las bienaventuranzas que hace juego abajo, con las virtudes teologales y cardinales.

Aquí Jeshúa, Jesús , hablo a los pobres, a los oprimidos, a los perseguidos, a los que tenían hambre. Pero Él no hablaba como muchos caudillos y cabecillas que se llenaban a boca con promesas de libertad. Para Él, mas que importarle suprimir estas carencias de sus contemporáneos, le importaba darles sentido. El venia a traer luz y no rebeldía, o mejor dicho, otra rebeldía. La rebeldía de una muy distinta escala de valores que allí en la cima del monte, se hace casi irrespirable para el hombre de ayer, de hoy y de todos los tiempos.


