Cuarenta días después de la Pascua, la Iglesia celebra la Ascensión del Señor, el momento en que Jesús resucitado sube al Cielo ante la mirada de sus discípulos. Aunque en muchas diócesis del mundo —como en México— esta solemnidad se traslada al domingo siguiente para facilitar la participación de los fieles, su fecha litúrgica «original» es el jueves posterior al VI Domingo de Pascua. En 2025, se celebra el jueves 29 de mayo, en las diócesis que se mueve será el 1 de junio.
Este acontecimiento, cargado de esperanza y promesa, está íntimamente ligado a un lugar muy especial en Tierra Santa: el Monte de los Olivos, en Jerusalén.

Los Evangelios y el libro de los Hechos sitúan este misterio precisamente allí. Según San Lucas, Jesús llevó a sus discípulos hasta “el monte llamado de los Olivos” (Hch 1,12), y mientras los bendecía, “fue elevado al cielo” (Lc 24,51). Desde allí, según la promesa, volverá.
Un lugar santo con siglos de historia
En la cima de ese monte, hoy se encuentra un sitio conocido como la Capilla de la Ascensión, custodiado actualmente por los musulmanes, pero abierto en el día de la solemnidad para que todas las comunidades cristianas celebren allí la Eucaristía.
Aunque hoy sólo queda una pequeña estructura octogonal, este lugar conserva vestigios de la antigua basílica bizantina construida en el siglo IV. La madre del emperador Constantino, Santa Elena, impulsó la edificación de templos en los lugares santos, incluida la primera iglesia sobre el Monte de los Olivos que se llamó «Eleona» y guardaba el recuerdo de la enseñanza del Padre Nuestro.

Hacia el 378, la noble romana Pomenia mandó a construir una iglesia solo para el recuerdo de la Ascensión que se llamó iglesia del «Imbomon» que significa «en la colina». En su interior tenía una «capillita» sin techo para recordar la Ascensión. Hoy día queda en pie la base de esta iglesia de planta ocotogonal y la capillita interna modificada por los musulmanes…
La iglesia fue destruida por los persas al mando de Cosroes en el año 614, y después fue reconstruida por los cruzados en el siglo XII. Más tarde fue convertida en mezquita por Saladino, quien conquistó Jerusalén en 1187. A la capillita se le agregó un Mihrab para indicar la dirección de la Meca y se la techaron. Desde entonces se quedó en poder de los musulmanes.

A pesar de esto, el sitio continúa siendo un espacio de profunda veneración cristiana, donde peregrinos se detienen a contemplar el misterio de Cristo que sube al cielo y la misión que deja a los suyos: ser testigos suyos “hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).
Una huella en piedra y en el corazón
Dentro de la capilla se encuentra una piedra que conserva una huella atribuida por la tradición a Jesús, al momento de impulsarse hacia el cielo. Aunque la huella no es un dogma de fe, para los cristianos que visitan el lugar, este signo sencillo tiene un profundo significado espiritual: nos recuerda que el Señor no nos abandona, sino que nos precede y nos acompaña desde lo alto.

Peregrinar al cielo, comenzando desde la tierra
Peregrinar a Tierra Santa es caminar por la geografía de la salvación. En el Monte de los Olivos no sólo se revive el misterio de la Ascensión, también se contempla el horizonte de nuestra propia esperanza: un día, también nosotros seremos llevados al encuentro con Cristo glorioso. Hasta entonces, como aquellos primeros discípulos, no nos quedamos mirando al cielo (cf. Hch 1,11), sino que caminamos por la historia con los pies firmes… y el corazón elevado.

