La formación inicial al sacerdocio se compone de varias etapas, entre las cuales está la teológica o configuradora, que abarca aproximadamente cuatro años continuos. En estos años, el seminarista tiene diversas materias básicas en dogmática, moral, espiritualidad, liturgia, derecho, pastoral, historia de la Iglesia, Sagrada Escritura y patrología, por mencionar algunas. Durante ese tiempo, la obra de salvación, los pasajes bíblicos, la historia del pueblo de Israel y la historia de la Iglesia son temas constantes, que se harán aún más cercanos en el ejercicio del ministerio sacerdotal.
Podemos, entonces, imaginar cómo para un presbítero se va abriendo el camino a Tierra Santa desde el inicio de su formación, el cual va creciendo en la vivencia diaria de su vocación y en el ejercicio de su ministerio, pues en cada celebración, catequesis, clase y oración los pasos de Jesús están presentes.

Dialogando con algunos sacerdotes, he escuchado algunas de las razones por las que les gustaría visitar Tierra Santa: “palpar las bases en las que ha nacido y crecido la Iglesia, comprender el contexto actual de la Tierra del acontecimiento cristiano, enriquecer lo que ya se ha estudiado, leer en cada ciudad o santuario el quinto evangelio -Tierra Santa-, ver lo que otros vieron, escuchar lo que otros escucharon, hacer real la experiencia de lo que se leyó en los libros y hacerse testigos fieles de lo que predicamos, enseñamos y vivimos”.
Sin duda, estar en aquellos lugares es tener la experiencia viva de pisar la Tierra del Salvador y seguir fielmente el camino, que él mismo nos ha enseñado para conocerlo; es fortalecer la fe en ciertos acontecimientos que, a veces, por no estar en el mismo contexto, quedan incompletos o superficiales; es también profundizar en la fe e ir al encuentro de quien nos ha llamado a entregar la vida.

Por tanto, estar en Tierra Santa es animar la vida sacerdotal. Estar allí ayuda a renovar el ministerio, pues en cada rincón de la Tierra Santa se encuentra mayor sentido a la entrega vocacional. Es entrar al santuario más grande, que ha sido santificado por nuestro Señor con su presencia, pues fue allí donde sus misterios se hicieron presentes.
Hay lugares específicos que como sacerdotes prefieren visitar; entre ellos están la casa de María en Nazaret, el lugar del nacimiento de Jesús en Belén, el río Jordán y el desierto en Jericó, el Monte Tabor, Cafarnaúm, el Monte de la Bienaventuranzas, el lago de Galilea, Magdala, Caná, Qumram, el Monte de los olivos, la ciudad de Jerusalén, el Monte Carmelo, el Cenáculo y el Santo Sepulcro.

Otros sacerdotes me decían: “Galilea es mi favorito. Es un lugar de tranquilidad. Con sólo mirarlo se entiende por qué a Jesus le gustaba tanto”. “Desde el Monte de los olivos miramos lo que Jesús miraba”. “Entrar al sepulcro vacío es estar en el lugar más especial de nuestra fe: donde culminó el misterio de nuestra salvación”. “¡Qué gracia tan grande para un ordenado estar postrado en el Cenáculo, como el día de su ordenación sacerdotal, y decirle al Señor nuevamente «aquí estoy»”.
Finalmente, es admirable ver como laico el gozo, la ternura y la sencillez de un sacerdote al celebrar la Eucaristía en algún lugar santo. Aunque todo cristiano está llamado a la Tierra de Jesús, un sacerdote siente doblemente la necesidad de ir al lugar, donde Dios operó la salvación del hombre en el tiempo y en el espacio.



Felicidades Lety 👏🏼😊🎉. Me encantó el artículo. Mejor no lo pudieron hacer 😊🫶🏻
Agradecemos su comentario hermana, bendiciones!