El Evangelio de San Lucas (6,20-23) ubica el discurso de las bienaventuranzas sobre un monte, de ahí que también se le denomine el “Sermón del Monte”. También tiene un profundo sentido teológico, pues si Moisés recibió la Ley en un Monte, en el Sinaí, el Hijo de Dios nos enseña a comprender esa Ley desde este otro Monte, “el Nuevo Sinaí”.

En las faldas de este Monte se encuentran las ruinas de un templo y monasterio del siglo IV, destruido por los Persas que guardaba esta memoria. Hoy en día hacemos el recuerdo, en esta cima, en una capilla diseñada por Barluzzi y construida en 1938. En los ventanales de la cúpula de esta capilla octagonal, vemos escritas las ocho bienaventuranzas.

Evangelio según san Mateo (Mt. 5, 1-12)
Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados
los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados
los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el
Reino de los Cielos. Bienaventurados serán cuando los injurien, y los persigan y
digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa.
Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos;
pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Palabra de Dios.