El viernes anterior al Domingo de Ramos, la Iglesia celebra una de las devociones marianas más conmovedoras y antiguas: el Viernes de Dolores, también conocido como la Fiesta de Nuestra Señora de los Siete Dolores. Este día marca para muchos el inicio espiritual de la Semana Santa, conmemorando el sufrimiento interior de la Virgen María durante la Pasión de su Hijo.
Una Solemnidad en el Calvario
En Jerusalén, lugar central de la redención, los frailes franciscanos, custodios de los Santos Lugares, celebran este día como una Solemnidad en la Basílica del Santo Sepulcro, el mismo lugar donde se encuentra el Calvario y el Sepulcro vacío de Cristo. Allí, en una de las pocas esculturas que se pueden ver en la basílica, una imagen de medio cuerpo de la Virgen Dolorosa, tallada en madera, muestra su corazón atravesado por una espada. Es un símbolo silencioso del sufrimiento de la Madre que acompaña a su Hijo en el momento supremo del sacrificio. Cuando pasamos con los peregrinos a venerar el Calvario, más de uno se detiene a orar ante esta imagen de la Dolorosa. En mi última peregrinación dedicamos un tiempo para contemplarla mientras escuchábamos el canto «Diario de María».

Los Siete Dolores de María
La devoción a los Siete Dolores de la Virgen María nos invita a meditar los momentos más dolorosos que vivió en su camino como Madre del Redentor. Esta meditación no solo nos acerca al corazón de María, sino también al misterio del sufrimiento redentor de Cristo. Estos son los siete dolores, junto con sus referencias bíblicas:
- La profecía de Simeón
“Y a ti misma una espada te atravesará el alma” (Lc 2,25-35). - La huida a Egipto
“José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y se retiró a Egipto” (Mt 2,13-15). - La pérdida del Niño Jesús en el Templo
“¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2,41-50). - El encuentro con Jesús camino al Calvario
“Lo seguía un gran gentío del pueblo y de mujeres que se dolían y se lamentaban por él” (Lc 23,27-31). - La crucifixión y muerte de Jesús
“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre” (Jn 19,25-30). - El descendimiento del cuerpo de Jesús
“Después, José de Arimatea… pidió el cuerpo de Jesús… Entonces vino y se lo llevó” (Jn 19,31-37). - La sepultura de Jesús
“Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas” (Jn 19,38-42).

Un Camino de Devoción desde la Edad Media
La meditación de estos dolores fue difundida especialmente por la Orden de los Siervos de María o “Servitas”, fundada en Florencia en el siglo XIII. De su espiritualidad nació el “Rosario de los Siete Dolores de María”, que hasta hoy sigue siendo una poderosa práctica devocional.

Santa Brígida de Suecia, mística del siglo XIV, recibió revelaciones de la Virgen en las que prometía bendiciones especiales a quienes meditaran con frecuencia sus dolores. Esta devoción ha sido recomendada por diversos santos y papas a lo largo de los siglos.
Dos fechas para recordar a la Madre Dolorosa
Históricamente, la fiesta de los Siete Dolores de María fue celebrada en dos fechas distintas: el Viernes anterior al Domingo de Ramos, y el 15 de septiembre, fecha que aún permanece en el calendario litúrgico universal como memoria obligatoria. La celebración del viernes previo a Semana Santa fue instituida por el Papa Benedicto XIII en 1727, siendo la más antigua de ambas. Posteriormente, en 1814, el Papa Pío VII instituyó la del 15 de septiembre, tras la restauración de la Iglesia tras la persecución napoleónica.

Aunque oficialmente la fiesta litúrgica se celebra en septiembre, la devoción del Viernes de Dolores se mantiene viva en muchos países, especialmente en el ámbito hispanoamericano, donde se acompaña con altares en honor a la Virgen, procesiones, meditaciones y el rezo del Rosario de los Dolores.
Una Madre que sigue acompañando
María no solo sufrió en el pasado: sigue hoy junto a cada uno de sus hijos que sufre. Ella, que estuvo firme al pie de la Cruz, continúa enseñándonos que el dolor unido al amor se convierte en redención. Peregrinar a Tierra Santa en estos días santos nos permite acompañar a María en los lugares donde su Hijo entregó la vida, y donde Ella, silenciosa y fiel, permaneció hasta el final.


