El Santo Padre Pío de Pietrelcina que se llamó Francesco Forgione, nació en una humilde familia de Pietrelcina, pequeño pueblo de la provincia de Benevento, el 25 de mayo de 1887. Fueron sus padres Grazio Forgione y Maria Giuseppa Di Nunzio. Murió en 1968 en San Giovanni Rotondo, cuidad y convento en el que vivió cerca de 60 años. Fue canonizado por San Juan Pablo II en el año 2002. Un gran y nuevo santuario conserva su cuerpo expuesto a los fieles desde Mayo del 2013.

Heredero espiritual de San Francisco de Asís, el Padre capuchino Pío de Pietrel- cina ha sido el primer sacerdote en llevar impreso sobre su cuerpo las señales de la crucifixión. El Padre Pío, al que Dios donó particulares carismas, se empeñó con todas sus fuerzas por la salvación de las almas. Los muchos testimonios sobre su gran santidad llegan hasta nuestros días. Sus intercesiones providenciales cerca de Dios fueron para muchos hombres causa de sanación en el cuerpo y motivo de renacimiento en el espíritu.

Desde muy tierna edad Francesco experimentó el deseo de consagrarse totalmente a Dios y esto hizo que lo distinguiera completamente de sus coetáneos. Tal diversidad fue observada por sus parientes y por sus amigos. Mamá Peppa contó – “no cometió nunca ninguna falta, no hizo caprichos, siempre nos obede- ció a mí y a su padre, cada mañana y cada tarde iba a la iglesia a visitar a Jesús y a la Virgen. Durante el día no salía nunca con los compañeros. A veces le dije: Franci sal un poco a jugar, pero él se negaba diciendo, no quiero ir porque ellos blasfeman”. Del diario del Padre Agostino de San Marco in Lamis, quien fue uno de sus directores espirituales, sabemos que cuando apenas tenía cinco años, ya había vivido sus primeras experiencias espirituales. Los éxtasis y las apariciones le fueron tan frecuentes que al niño Pío le parecieron que eran absolutamente normales.

Con el pasar del tiempo, pudo realizarse para Francesco lo que fue el más grande de sus sueños, consagrar totalmente su vida a Dios. El 6 de ene- ro de 1903, a los dieciséis años, entró como clérigo en la orden de los Capuchinos. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de Benevento, el 10 de agosto de 1910. Inició así su vida sacerdotal que a causa de sus precarias condiciones de salud, se desarrolló primero en varios conventos de la región hasta que, a partir del 4 de septiembre de 1916, cuando llegó convento de San Giovanni Rotondo, sobre el Gargano,

se quedaría allí hasta el día de su sentida muerte el 23 de septiembre de 1968. En este largo período el Padre Pío iniciaba sus días despertándose muy antes del alba, para dedicarse con gran fervor a la oración, aprovechando la soledad y silencio de la noche. Visitaba diariamente por largas horas a Jesús Sacramentado, preparándose para la Santa Misa, de la que siempre sacó las fuerzas necesarias para su gran labor con las almas, impartiendo sobre todo, por más de 14 horas diarias, el sacramento de la Confesión.

Uno de los acontecimientos que señaló intensamente la vida del Padre Pío fue lo que ocurrió en la mañana del 20 de septiembre de 1918, cuando rogando delante del Crucifijo del coro de la iglesia, recibió el maravilloso regalo de los estigmas. Estos estigmas de la crucifixión fueron del todo visibles, y como heridas, estuvieron abiertas, frescas y sangrantes por medio siglo. Un fenómeno extraordinario que llamó la atención de los médicos, los estudiosos y los periodistas, pero sobre todo de la gente común que en el curso de cinco décadas, se dirigieron a San Giovanni Rotondo para encontrarse con el santo fraile.

En una carta al Padre Benedetto, del 22 de octubre de 1918, el Padre Pío cuenta su “crucifixión”: “¿Qué cosa os puedo decir a los que me han preguntado cómo es que ha ocurrido mi crucifixión? ¡Mi Dios qué confusión y qué humillación; Yo tengo el deber de manifestar lo que Tú has obrado en esta tu mezquina criatura!”.

“Fue la mañana del 20 del pasado mes (septiembre) en coro, después de la celebración de la Santa Misa, cuando fui sorprendido por el descanso en el espíritu, parecido a un dulce sueño. Todos los sentidos interiores y exteriores, además de las mismas facultades del alma, se encontraron en una quietud indescriptible. En todo esto hubo un total silencio alrededor de mí y dentro de mí, sentí enseguida una gran paz y un abandono en la completa privación de todo y una disposición en la misma rutina”.

“Todo esto ocurrió en un instante. Y mientras esto se desarrolló; yo vi delante de mí un misterioso personaje parecido a aquél visto en la tarde del 5 de agosto. Éste era diferente del primero, porque tenía las manos, los pies y el costado que emanaban sangre. La visión me aterrorizaba. Lo que sentí en aquel instante en mí, no sabría decirlo. Me sentí morir y habría muerto, si Dios no hubiera intervenido a sustentar mi corazón, el que me lo sentí saltar del pecho”.

“La vista del personaje desapareció, y me percaté de que mis manos, pies y costado fueron horadados y chorreaban sangre. Imagináis el suplicio que experimenté entonces y que voy experimentando continuamente casi todos los días. La herida del corazón asiduamente sangra, comienza el jueves por la tarde hasta al sábado. Mi padre, yo muero de dolor por el suplicio y por la confusión que yo experimento en lo más íntimo del alma. Temo morir desangrado, si Dios no escucha los gemidos de mi pobre corazón, y tenga piedad para retirar de mí esta situación.”

Por años, de todas partes del mundo, los fieles se dirigieron o escribieron a este sacerdote estigmatizado, para conseguir su potente intercesión ante Dios. Cincuenta años experimentados en la oración, en la humildad, en el sufrimiento y en el sacrificio, dónde para actuar su amor, el Padre Pío realizó dos iniciativas en dos direcciones, Una vertical hacia Dios, con la fundación de los “Grupos de ruego”, hoy llamados “grupos de oración” y la otra horizontal, hacia los hermanos, con la construcción del moderno hospital “Casa Alivio del Sufrimiento.”

En septiembre de 1968, millares de devotos e hijos espirituales del Padre Pío se reunieron en San Giovanni Rotondo para conmemorar el 50° aniversario de los estigmas aparecidos en el Padre Pío y para celebrar el cuarto congreso internacional de los grupos de oración. Nadie se habría imaginado que a las 2.30 de la madrugada de día 23, llegaría el doloroso final de la vida terrena del Padre Pío, de este maravilloso fraile escogido por Dios, para derramar su Divina Misericordia.

Muchas han sido las sanaciones y conversiones concedidas por la intercesión del Padre Pío y son innumerables los milagros que atribuidos a su intercesión, han sido reportados a la Santa Sede. Los preliminares de su Causa se iniciaron en noviembre de 1969. Juan Pablo II lo nombró venerable el 18 de diciembre de 1997; lo beatificó el 2 de mayo de 1999 y el 16 de junio del 2002, lo canonizó. Su beatificación y su canonización fueron hasta la canonización de San Juan Pablo II y San Juan XXIII, las de mayor asistencia de la historia. La plaza de San Pedro y sus alrededores no pudieron contener las multitudes.

A 40 años de su fallecimiento, en el 2008, se exhumó su cuerpo y se encontró parcialmente incorrupto. Arreglado con una máscara de cera se encuentra expuesto para la veneración en los fieles en la cripta del nuevo santuario de San Giovanni Rotondo.