Peregrinar por los santos lugares, nos recuerda que la meta de todo cristiano es la vida eterna. También nos recuerda que el camino al Cielo está lleno de pruebas y tentaciones del maligno, en las que en muchas ocasiones caemos, apartándonos de Cristo que es el Camino, la Verdad y la Vida. Al descubrirnos con sencillez indignos del grande amor de Dios y reconocernos pecadores, no podemos sino pedir perdón a Dios y querer reparar nuestras faltas.
En el origen de las peregrinaciones ya encontramos este sentido de expiación. De hecho, los peregrinos usaban un hábito en señal de despojo de sus ropas mundanas y caminaban grandes distancias sujetos a todas las incomodidades del viaje, las inclemencias del tiempo, las enfermedades, el cansancio, el ayuno e innumerables peligros. Para ellos peregrinar no era sólo llegar a pie a los lugares santos, sino también regresar del mismo modo, caminando a su hogar. Toda esta experiencia significaba una transformación espiritual.

Hoy viajamos en aviones y autobuses que cubren holgadamente todas nuestras necesidades, y nos alojamos en hoteles y casas de peregrinos, si no lujosos, bastante buenos y con comida abundante. Todas estas comodidades pueden fácilmente hacernos olvidar el sentido expiatorio de la peregrinación. Por ello, es bueno aprovechar las situaciones inesperadas, las adversidades, el cansancio físico, la convivencia con personas que a veces no conocemos, o cualquier tipo de incomodidad que se nos presente, sobrellevándola con paciencia y espíritu de sacrificio y expiación.

Las indulgencias que la Iglesia nos ofrece ganar para sí o para los fieles difuntos en nuestra peregrinación, tienen precisamente este sentido. Pero ¿qué son las indulgencias?
“El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna cuya privación se llama la “pena eterna” del pecado. Pero todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que tiene necesidad de purificación, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio”. La indulgencia, “es la remisión ante Dios de la “pena temporal” por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos” (Catecismo de la Iglesia Católica, nro. 1472).Es decir, por medio de la confesión de nuestros pecados graves, el sacerdote, con la autoridad que Cristo mismo le confirió a través de los Apóstoles, nos da la absolución. Estos pecados sí quedan per- donados y borrados y así también la “pena eterna” que estos conllevan. Pero la “pena temporal” de todos esos pecados, graves y veniales, permanece. Es por ello necesario una ulterior purificación para poder entrar al Cielo. Es lo que llamamos indulgencia.
Pongamos un ejemplo sencillo: si un niño rompe el vidrio de una casa, el propietario bien puede aceptar la disculpa por el incidente, pero lo justo es que, además, el niño o sus padres, paguen o repongan por el vidrio que se ha roto. Así, en la confesión se obtiene el perdón por los pecados, pero la indulgencia restaura en el alma, el mal producido por esos pecados.

Dos son los tipos de indulgencias ofrecidas por la Iglesia: la “indulgencia plenaria” que borra totalmente en el alma la “pena temporal” de todos los pecados, y la “indulgencia parcial” que borra sólo una parte de esa pena.
La Iglesia nos concede estas indulgencias, plenarias o parciales, con el ejercicio de una peregrinación (entre otros actos de devoción) y de forma especialísima en los Años Santos, pero siguiendo las siguientes condiciones:
– Estar en gracia de Dios por medio de la confesión sacramental.
– Comulgar sacramentalmente.
– Rezar el Credo
– Rezar por las intenciones del Papa, preferentemente un Padrenuestro y un Avemaría.

Durante una peregrinación es importante confesarse y acudir diariamente a la Eucaristía. Así, siguiendo las condiciones dispuestas por la Iglesia, podremos recibir una indulgencia cada día, para purificar nuestras penas temporales o por el alma de nuestros familiares o amigos en el purgatorio.
¡Qué gran beneficio podemos ganar para nosotros y para ellos!
