En el Evangelio de este II domingo del tiempo ordinario (San Juan 1, 35-42), nos sumergimos en un diálogo revelador entre Jesús y dos de sus apóstoles, Andrés y Juan. Este diálogo, más que una simple interacción, se convierte en una profunda reflexión sobre la esencia misma de la peregrinación en cuatro etapas: búsqueda, respuesta, encuentro y anuncio.
Búsqueda: «¿Qué buscan?»
La pregunta inicial de Jesús, «¿Qué buscan?», es una indagación que va más allá de la simple curiosidad. Los discípulos ya habían escuchado hablar de Jesús por la predicación de Juan Bautista, pero no les bastaba saberlo, querían ellos mismos verlo, tocarlo…¡estar con él!…

En el corazón de la peregrinación, encontramos la misma inquietud que impulsa a cada peregrino a salir en búsqueda a Jesús. es la búsqueda inherente en cada ser humano, la búsqueda de algo más grande que uno mismo, algo que dé sentido a nuestra existencia. Jesús conoce el deseo de los discípulos y los nuestros, pero nos interpela para examinar nuestras motivaciones, para explorar las profundidades de nuestros anhelos más íntimos, ¿Se puede seguir a Jesús sin buscar nada?
Respuesta e invitación: «¿Dónde vives, Rabí?»
La respuesta de los apóstoles curiosamente es otra pregunta: «¿Dónde vives, Rabí?», revela el anhelo de conocer más a Dios, de sumergirse en la morada divina. La peregrinación es querer experimentar con nuestros propios sentidos los lugares por dónde Dios se ha manifestado. Sin embargo, en su esencia más pura, la peregrinación es un viaje hacia la comunión con lo divino, es ir «para estar con él» una respuesta al llamado interior que nos impulsa a buscar la presencia de Dios en nuestras vidas.
Jesús responde a los discípulos con una invitación: «Vengan a ver». Esta respuesta trasciende el momento específico relatado en el Evangelio. Es la invitación constante de Dios a cada peregrino, a cada buscador de la verdad.

La peregrinación es en sí misma una invitación de Dios. «Vengan a ver» es también el llamado a participar activamente en la peregrinación, a emprender el viaje con corazones abiertos. Peregrinar no es sólo ir, implica una apertura a la vivencia personal de la presencia de Dios. Esta participación activa es estar dispuesto a escuchar, a guardar silencio, a caminar, esperar, orar, reír, llorar, ayudar y convivir…cada momento de la peregrinación es esta vivenvia.
Encuentro: «Eran como las cuatro de la tarde»
El evangelista Juan, que también es uno de los protagonistas de este relato, vive momento crucial en su propia experiencia al mencionar: «Eran como las cuatro de la tarde». Este detalle no es simplemente un dato cronológico, sino un testimonio de la hora que cambió su vida para siempre. ¿Quién no recuerda hasta la hora o cualquier otro detalle de aquellos momentos que transformaron su vida?
Cada peregrino tiene su propio «cuatro de la tarde», un momento especifico dentro de la peregrinación que deja una marca imborrable en su alma, transformando la búsqueda en un encuentro con la persona de Cristo. Una confesión, una comunión o un momento de oración; algunas palabras que hayan compartido el padre, los guías o algún compañero de peregrinación. Incluso, la circunstancias adversas en las que Dios manifestó su presencia…Dios se vale de muchas maneras para decirnos algo en la peregrinación.

Anuncio: «Hemos encontrado al Mesías»
Finalmente, la peregrinación no culmina con el encuentro personal, sino que se extiende hacia la última etapa significativa: el anuncio. Los apóstoles Juan y Andrés, después de encontrar al Mesías, no pueden contener la alegría y se apresuran a compartir la buena nueva con otros. Este acto de proclamación es la culminación natural de la peregrinación, un testimonio vivo de la experiencia transformadora que han vivido. ¿Quién no después de regresar de la peregrinación quiere compartir a los demás lo que ha visto y oído?
Cada peregrino, puede decir y hacer suyas las palabras de los apóstoles que han experimentado el encuentro personal con Cristo en su peregrinación: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20) .

Así, que cada peregrino al igual que los apóstoles, podamos llevar el mensaje de haber encontrado al Mesías a aquellos que aún buscan, inspirando a más almas a emprender su propia peregrinación.
