La Navidad nos invita a contemplar el misterio más grande de nuestra fe: el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Es un tiempo para meditar en el nacimiento de Jesús, recordar que en cada rincón de Tierra Santa donde Él vivió y caminó, podemos encontrar las huellas del amor de Dios. Hoy, queremos llevarte a vivir esta experiencia a través de una reflexión especial: desde la voz de María, quien tuvo el privilegio y la gracia de recibir al Hijo de Dios en sus brazos.
Yo estaba muy cansada, pero era incapaz de dormirme. Le tenía allí en mis brazos, acurrucado debajo de las mantas, recibiendo el calor de mi pecho y no demasiado lejos de los dos animales que obstruían la entrada de la cueva e impedían el paso del viento frío.
No podía dejar de contemplarle. Le miraba y, por primera vez, allí, en aquella cueva que yo hubiera querido convertir en palacio en honor a Él, noté un sentimiento que hasta entonces no había tenido. Le miraba y de repente empecé a adorarle… «te quiero» le decía besándole la frente. «Te quiero y le doy gracias a Dios por tenerte conmigo». No ha sido fácil y he pasado mucho miedo. Pero ahora que estás aquí lo doy todo por bien empleado.
Casi te diría que no me importaría que no ocurriera absolutamente nada de todo lo que me anunció el ángel. Nunca soñé con grandezas que superaran mi capacidad, ni aspiré a ser respetada y admirada.
Ahora, convertida en la madre del Mesías, todo parece tan extraño. ¿Qué Mesías eres tú, que has nacido en una cuadra de ovejas y tienes por corte una vaca y un borrico y por padres a dos humildes paletos? ¿Dónde está tu poder, dónde tu grandeza?
Y sin embargo, no me siento decepcionada. Tú vales más que todo lo que se obtenga de ti, y esto lo sé yo, que soy tu madre, y ojalá que lo aprenda todo el mundo cuando crezcas y cumplas la misión para la que has nacido. Quizá los hombres te quieran por lo que les das, por lo que representas, por tu mensaje, por tus victorias, o quién sabe, por tus milagros. Yo, querido niño mío, te querré por ti.
No es que lo demás no me importe, porque sería como despreciar los planes de Dios, pero entiéndeme: yo soy tu madre, y en este pecho podrás encontrar siempre amor puro, amor por ti y no sólo a lo que traigas contigo. Tú eres el regalo, tú eres el tesoro, y si no hubiera nada más, para mí ya sería bastante. (Autor Anónimo)
En esta Navidad, recordemos que el mayor regalo que podemos recibir es Jesús mismo. Él, el Hijo de Dios, se hizo hombre por amor a nosotros. Hoy lo contemplamos como María, en su cuna humilde, y también lo encontramos en cada peregrinación que hacemos a los lugares santos.

¡Que el amor y la paz de Cristo llenen sus corazones y hogares! ¡Deseamos a todos nuestros lectores una muy Feliz Navidad! Que este tiempo sea un recordatorio de que Jesús está con nosotros, como María lo supo en Belén: Dios mismo es el regalo que nos ha sido dado.

