En lo alto del Monte Sión, en Jerusalén, se encuentra un sitio profundamente significativo para la fe cristiana: el Cenáculo, el lugar donde Jesús celebró la Última Cena con sus discípulos. Allí, en una noche cargada de intimidad, entrega y misterio, Cristo instituyó la Eucaristía y el sacerdocio ministerial, dejando como herencia a su Iglesia el sacramento de su presencia viva.
El Monte Sión: nombre de herencia y de promesa
En el Antiguo Testamento, “Sión” fue sinónimo de la Ciudad Santa de Jerusalén y especialmente del Monte donde estaba el Templo, presencia de Dios para el pueblo hebreo. Allí subían los judíos provenientes de diferentes partes para orar y ofrecer sacrificios a Dios, principalmente en las fiestas religiosas, incluyendo la Pascua.
Después de la venida de Cristo, una vez que hubo libertad religiosa en el Imperio romano partir del siglo IV, fue construida sobre una colina en la zona occidental de Jerusalén una basílica cristiana nombrada «Hagia Sion» (Santa Sión), precisamente para venerar el lugar de la Última Cena» y desde entonces la tradición cristiana dio el nombre también al esta colina el «Monte SIón»

La basílica Hagia Sión, fue destruida y reconstruida en varias ocasiones. hasta hoy nos ha llegado la «Sala Alta» donde Jesús instituyó la Eucaristía, de estilo cruzado con elementos islámicos, porque fue también usada como mezquita. Aún se reconocen dos símbolos eucarísticos: un pelícano que alimenta a sus crías con su pecho, y el Cordero de Dios del que pende una de las lámparas. Es un testimonio silencioso pero elocuente de que este lugar es santo, no por sus muros, sino por la historia de salvación que ahí se vivió.

La Custodia Franciscana y el “Cenacolino”
Cuando los franciscanos llegaron a Tierra Santa hace más de 800 años, establecieron aquí su primera sede, que hoy persiste en un pequeño convento junto al Cenáculo, al que llamaron afectuosamente “el Cenacolino”. El Custodio de Tierra Santa, responsable de los Santos Lugares en nombre de la Iglesia, conserva también el título de Guardián del Monte Sión, un reconocimiento que recuerda el papel de los franciscanos como testigos y guardianes de los Lugares Santos.

Jueves Santo: una celebración excepcional
Actualmente, el Cenáculo no está bajo control cristiano y no es posible celebrar misa allí durante el resto del año. Pero cada Jueves Santo, en una ocasión única y privilegiada, la Custodia Franciscana celebra la Eucaristía en el mismo lugar donde fue instituida por Cristo. Solo ese día y en Pentecostés se les concede este permiso especial.


La Misa del Jueves Santo se celebra con la comunidad cristiana local y los frailes franciscanos, e incluye el gesto del lavatorio de los pies. Es una experiencia profundamente conmovedora que nos recuerda que la fe cristiana nació del servicio, la entrega y el amor fraterno.
No es exagerado decir que el Cenáculo es el lugar donde nació la Iglesia, apostólica y universal. Que vive y se alimenta de la Eucaristía. Desde este Monte Sión, la salvación se extendió al mundo entero.

