Una tradición que florece con la primavera
Cuando llega mayo, las flores, el clima y la luz parecen anunciar una presencia especial en el corazón de la Iglesia: la de María, Madre de Dios y Madre nuestra. A lo largo de los siglos, este mes ha sido reconocido como un tiempo privilegiado para honrar a la Virgen. Pero, ¿por qué precisamente mayo?
Las raíces de esta costumbre se remontan a tiempos muy antiguos. En las civilizaciones griega y romana, mayo era visto como un mes dedicado a la vida, la fertilidad y la naturaleza. Se celebraban entre abril y mayo fiestas en honor a divinidades femeninas como Artemisa y Flora, vinculadas con la vegetación y el renacer de la tierra. Pues mayo era considerado el tiempo de mayor apogeo de la primavera. Con el paso del tiempo y la expansión del cristianismo, muchas de estas tradiciones fueron transformándose, y ese simbolismo de belleza, vida y renovación encontró su plenitud en María, la “llena de gracia”, la mujer que dio al mundo al Salvador.
Del corazón popular a la devoción universal
Durante la Edad Media comenzaron a surgir diversas prácticas devocionales en honor a la Virgen que coincidían con la llegada de la primavera. Más adelante, en los siglos XVI y XVII, se fue consolidando la idea de dedicar un mes entero a María, con ejercicios espirituales diarios, oraciones especiales y actos de veneración. Fue en este contexto cuando el mes de mayo fue asociado definitivamente con la Virgen, costumbre que se popularizó ampliamente en el siglo XIX, especialmente a través de las parroquias, escuelas y comunidades religiosas.

En 1965, al concluir el Concilio Vaticano II, el Papa san Pablo VI dirigió la encíclica Mense Maio, en la que invitó a toda la Iglesia a recurrir con confianza a la intercesión de la Virgen María durante el mes de mayo. En este documento, el Santo Padre recordó que María es medianera de gracia y abogada del pueblo cristiano, y animó especialmente a rezar por la paz del mundo y la unidad de la Iglesia. Esta exhortación vino a reforzar la antigua tradición mariana de este mes, dándole un nuevo impulso en el contexto de la renovación eclesial promovida por el Concilio.
María, presente en las celebraciones del mes de mayo
Mayo está lleno de fiestas que celebran distintas advocaciones de la Virgen. El 13 de mayo recordamos con alegría la primera aparición de la Virgen de Fátima a los tres pastorcitos en Portugal, una de las manifestaciones más conmovedoras del amor maternal de María por la humanidad. También celebramos a el segundo domingo de mayo a Nuestra Señora de los Desamparados, patrona de Valencia (España), y a María Auxiliadora, el 24 de mayo, tan venerada por la familia salesiana y por millones de fieles en el mundo.

Cada una de estas fiestas es una ocasión para recordar que María siempre se hace presente donde se le invoca con fe, y que en su corazón cabemos todos sus hijos.
Toda peregrinación camina con María
En cada peregrinación caminos hacia el encuentro con Jesús, y María ocupa un lugar importante. Ella camina con nosotros, nos cuida como peregrinos y nos conduce de la mano a su Hijo. El rezo del Rosario, oración mariana por excelencia, es parte esencial del camino: es nuestra manera de pedir su intercesión, de confiarle nuestras intenciones y de dejarnos formar por su amor.

Así como Jesús vino al mundo a través de María, también nosotros, sus hijos, podemos llegar a Él con su ayuda. María es el camino más seguro, más corto y más perfecto hacia Jesús.

