En el jardín de la casa de “les Buissonnets”, en Lisieux, Francia, se encuentra el espléndido y entrañable conjunto escultórico de Don Louis Martin, santo, junto a su hija también santa y mundialmente conocida como Santa Teresita del Niño Jesús. Se trata del momento en que su hija le pide permiso para ingresar al Carmelo a los 15 años de edad.
Louis Martin nació en Burdeos el 22 de agosto de 1823, y junto con su esposa Celia Guérin que murió muy joven, tuvieron nueve hijos, cuatro de los cuales murieron a muy corta edad. Hoy los restos de D Luois Martin se encuentran, en el mismo relicario de su esposa, en la espléndida Basílica de Lisieux, uno de los edificios religiosos más grandes de Francia y el segundo lugar de peregrinación más importante del país, después de Lourdes.

El 18 de octubre del 2015 el Papa Francisco declaró, en la misma ceremonia de canonización, a Don Louis Martin y a su esposa, como el primer matrimonio santo de la Iglesia católica. Era éste el sueño de nuestro entrañable Juan Pablo II que había beatificado otro matrimonio, el de D Luiggi y Doña María Beltrame Quattrocchi, unos años antes y que escribió: «Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción, este alto grado de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección» (Novo Millennio Ineunte, 31)

De su padre y de su madre ya había escrito Santa Teresita: ”Dios me ha dado un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra”(Carta 261). Y el momento grabado en la estatua, lo relata así:
“Encontré la oportunidad de hablar con mi querido padre por la tarde, después de las vísperas. Estaba sentado junto al pozo, contemplando las maravillas de la naturaleza con las manos unidas. El sol cuyos rayos habían perdido su ardor, doraba las altas copas de los árboles donde los pajaritos cantaban alegremente su canto nocturno.
El hermoso rostro de papá tenía una expresión celestial al respecto, dándome la sensación de que la paz inundaba su corazón. Sin decir una palabra, me senté a su lado, con los ojos ya húmedos de lágrimas. Me miró con ternura, y tomando mi cabeza la colocó en su corazón, diciendo: «¿Qué pasa, mi pequeña reina? Dime». Luego, levantándose como para ocultar su propia emoción, caminó mientras aún sostenía mi cabeza. A través de mis lágrimas, confié mi deseo de entrar en el Carmelo, y pronto sus lágrimas se mezclaron con las mías. No dijo ni una sola palabra para apartarme de mi vocación, simplemente contentándose afirmó que todavía era muy joven para tomar una decisión tan seria. Me defendí tan bien, que con el carácter sencillo y directo de papá, pronto se convenció de que mi deseo era la voluntad de Dios. Y en su profunda fe, me dijo que Dios le estaba dando un gran honor al pedirle a sus hijas.
Continuamos nuestro caminar durante mucho tiempo y alentados por la bondad con la que mi incomparable padre recibió mis confidencias, mi corazón se derramó hacia él”.
La expresión limpia y serena que descubrimos en este mármol, no puede ser sino producto de esa fe que sólo se transmite de padres a hijos, cuando se trata de una fe vivida y no una serie de normas que deben respetarse.

Don Luis Martin era sin duda un gran hombre de oración. Santa Teresita: “¿Qué puedo decir sobre las noches de invierno, especialmente las del domingo? ¡Ah! qué dulce fue para mí después del juego de ajedrez sentarme con Celine en el regazo de papá … Con su hermosa voz, cantaba melodías llenando el alma de pensamientos profundos … o bien, meciéndonos suavemente, recitaba poemas impresos con verdades eternas … Luego subimos a rezar en común y la pequeña reina estaba sola con su rey, y con sólo mirarlo, podía saber como rezan los santos…”

Don Luis Martin murió en julio de 1894, internado en el sanatorio de Caen. Padecía una enfermedad que lo fue invalidando hasta llegar a la pérdida de sus facultades mentales. «Dios nos ha quitado a aquel a quien amábamos con tanta ternura – Santa Teresita a su hermana Celine – ¿no era para que pudiéramos decir más verdaderamente que nunca, Padre nuestro, que estás en los cielos?. ¡Cuán consoladora es esta palabra divina, y qué vastos horizontes abre ante nosotros!»
Como la familia de Santa Teresita del Niño Jesús, todas la familias, estamos llamadas a la santidad. Dice La Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual del Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes): “Todos los cristianos son llamados a la santidad a través del compromiso con el mundo. De manera particular el bienestar de los individuos y de la sociedad está íntimamente ligado a la santidad de los matrimonios y de la vida familiar. Las familias pueden alcanzar santidad cuando juntos oyen la palabra de Dios y le prestan atención en sus actividades diarias”. Pero, ¿queremos ser santos?.


