Giovanni di Pietro di Bernardone, después conocido como Francisco de Asís, es uno de los más grandes santos de la historia de la Iglesia. Nació de una familia noble y adinerada por lo que a los ojos del mundo tenía su vida más que resuelta. Como los jóvenes de su época, sólo pensaba en sobresalir en la guerra y la caballería. Tras padecer una enfermedad y haber sido hecho prisionero, comenzó a interesarse más por las cosas espirituales. La oración, la mortificación y la ayuda a los pobres comenzaron a intensificarse en su vida, hasta que contemplando a Cristo en la abandonada Iglesia de San Damián, escuchó una voz que le pedía reconstruir su Iglesia. Pese a la oposición de su padre, Francisco renunció a su herencia y continúo con su misión. Como poco a poco se le fueron sumando nuevos “hermanos” dispuestos a vivir como él, redactó una sencilla regla monástica que pidió Papa Inocencio III le aprobase.

Francisco recibió los estigmas de la pasión de Cristo y murió el 3 de octubre 1226 junto a la “Porciúncula”, la pequeña capilla alrededor de la cual había fundado su primer monasterio en la más absoluta pobreza evangélica. Hoy, en la cripta de la maravillosa basílica que lleva su nombre, descansan sus restos y los de sus cofundadores.

Basílica de Santa Clara de Asís

La Basílica en el centro de la ciudad de Asís, custodia el cuerpo de santa Clara de Asís, junto a algunas de sus reliquias como sus túnicas, cabello y la regla de la orden, entre otras. Gran interés reviste aquí, la increíblemente bien conservada “Cruz de San Damián”, desde la que Cristo pidió a San Francisco que reconstruyera su Iglesia.

Clara nació de una familia noble de Asís en 1193; a sus dieciocho años escuchó a Francisco predicar y quiso como él abrazar la pobreza. Del santo recibió unos años más tarde el hábito de la orden franciscana. Abandonó su casa, y lo mismo haría su hermana Inés. Durante cuarenta años vivió en la iglesia de San Damián a cargo de la “Orden de las Hermanas Pobres”, conocidas después de su muerte como clarisas. La regla de la orden redactada por ella fue aprobada por el Papa Inocencio IV. Murió en el año 1253 y a los dos años fue declarada santa.

Convento de San Damián

Fuera de la ciudad amurallada de Asís, en el descenso del Monte Subasio, se levanta rodeada de olivares y cipreses, la pequeña Iglesia de San Damián. Guarda este lugar, el recuerdo de la invitación que desde el Crucifijo conocido como el Cristo de San Damián, recibió San Francisco para reparar la Iglesia.

Esta pequeña Iglesia, había sido construida entre el siglo IX y X, y en los tiempos de San Francisco, alrededor del 1200, se encontraba bastante deteriorada. Mientras Francisco oraba allí, escuchó tres veces la voz de Cristo que le pedía reparar su iglesia. Más tarde comprendió, que ese llamado no era sólo para reparar materialmente esa pequeña Iglesia de San Damian, como él había en- tendido, sino una invitación a reparar espiritualmente la Iglesia Universal. En efecto, el Papa Inocencio III, tras conocer a Francisco vio en sueños cómo la Basílica de San Juan de Letrán estaba a punto de derrumbarse, pero un hombre vestido pobremente, lograba sos- tenerla. Al conocer a San Francisco y sus primeros seguidores, comprendió que ese hombre presente en sus sueños era él, y aprobó la primera regla de la naciente obra, completamente opuesta a los lujos con que muchos hombres de Iglesia vivían.

El obispo de Asís, Guido de Cortona, dio esta Iglesia de San Damián a San- ta Clara y a sus hermanas, que dieron inicio aquí a la Segunda Orden de San Francisco, más tarde conocidas como Hermanas Clarisas. Aún hoy se pue- den ver aquí algunas dependencias del convento fundacional, como el refectorio y el dormitorio donde Clara partió a la casa del Padre el 11 de agosto de 1253.

Cuando las monjas se trasladaron en 1260 al actual convento, en la ciudad de Asís, llevaron consigo al Cristo de San Damián y los restos de santa Clara, don- de hasta hoy se veneran.

Basílica de Santa María de los Ángeles

A los pies de la colina de Asís, ciudad natal de San Francisco, se yergue so- lemne y majestuosa, la “Basílica Pa- triarcal de Santa María de los Ángeles en la Porciúncula”, levantada entre los años 1569 y 1679, para engarzar los lugares santos de la vida y la muerte de San Francisco: La “Porciúncula”, humilde iglesita benedictina que el Santo reparó con sus propias manos en 1207, e hizo el centro del humilde convento fundacional de la orden de los frailes menores y la “Capilla del Tránsito”, habitación de su encuentro con la hermana muerte.

En 1216, mientras San Francisco reza- ba en la Porciúncula por la salud de las almas y los pecadores, se le apare- cieron Cristo y la Virgen rodeados de ángeles. El santo pidió al Señor la indulgencia para todos los que visitaran el lugar. El Papa Honorio III le concedió la autorización eclesial necesaria para que todos los fieles pudieran recibir aquí esta indulgencia pleanaria, que aún al día de hoy permanece.