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San Pedro y San Pablo: personalidades encontradas, amigos de Dios

Siempre me ha parecido fascinante la forma en que cada uno de nosotros, desde su personalidad, es llamado por Dios y se le confía una misión en específico. A pesar de nuestras fragilidades, estamos invitados a proclamar la Palabra de Dios en medio del mundo, algunos desde la profesión específica, otros desde la vida consagrada, pero en definitiva, llamados a ser discípulos misioneros en un siglo que necesita esperanza y amor. Este también fue el caso de aquellos que bebieron el cáliz del Señor desde el martirio y lograron ser amigos de Dios: San Pedro y San Pablo.

San Pedro como bien conocemos, es la roca sobre la que Jesús edificó su Iglesia, y San Pablo, con sus viajes y escritos, es el apóstol de la Iglesia universal. Ahora bien, ¿Cómo entender que estos hombres que en su momento fueron tan incongruentes y alejados del Evangelio, se convirtieron en ejes fundamentales de la Iglesia naciente? ¿Tendrá algo que decirnos a cada uno de nosotros?

La vida de ambos personajes, no estuvo enmarcada principalmente por sus cualidades, al contrario, lo que llegó a diferenciar su vida fue un encuentro personal que tuvieron con aquel que los amó primero: Jesús. Él fue quien los sanó y los convirtió en apóstoles para los demás.

En el caso de Pedro, a pesar de su carácter irascible, fuerte e impetuoso, fue liberado de sus miedos e inseguridades, aunque para ello tuvo que experimentar la frustración de fracasar en su trabajo: “después de toda una noche, no habían pescado nada”. Como Pedro, también tu y yo podemos tener esa sensación de desolación de sentir que nuestro trabajo no tiene sentido, que carece de fundamento, no obstante, cuando confiamos en las palabras de Jesús “Remen mar adentro y echen las redes” (Lc 5,4) podemos entender que estando en la misma barca que Jesús, no tenemos nada que temer porque el transforma nuestros fracasos en oportunidades.

En el caso de Pablo, un hombre defensor de las tradiciones recibidas, con una vida que giraba en torno a preceptos que cumplir, se da la oportunidad de liberación y es sanado de su celo religioso y su ceguera al no poder reconocer en Jesús al Mesías esperado. Estaba tan centrado en cumplir la ley, que había olvidado el amor divino que de ella misma se irradia. Esto también puede ocurrirnos a nosotros, que estemos tan centrados en ser observantes y observadores de la ley, que olvidemos que nuestra verdadera fe se fundamenta en el encuentro personal con Cristo.

¿Qué podemos aprender estos dos grandes hombres en medio de nuestro siglo XXI?

Principalmente que la Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que reconocen necesario la presencia del amor de Dios en sus vidas y que se encuentran necesitados de ser purificados por medio de la cruz de Cristo.

Como Pedro y Pablo debemos entender que el cambio no es de un día para otros, que muchas veces durante el proceso debemos pasar por circunstancias complejas, a veces hasta de quiebre, donde vamos experimentando los dones de Dios y nuestras propias debilidades. Es allí donde debemos hacer el énfasis de nuestro crecimiento en la fe: palpar continuamente nuestros defectos desde la oración, pero entendiendo lo importante de anclarnos al amor de Cristo en nuestro día a día.

La Iglesia no es una comunidad de perfectos, pero caminamos sabiéndonos necesitados de ser purificados

Hoy también tu y yo estamos llamados al martirio, quizás no como lo vivieron en su momento estos grandes personajes, pero si desde una renuncia radical dando muerte al hombre viejo, donde podamos enterrar nuestros complejos, sufrimientos y esquemas, para renacer en el amor y la paz que solamente Dios nos puede dar. ¿Eres capaz de identificar eso que no permite entregarte con libertad y crucificarlos con Cristo?

Dando muerte al hombre viejo podremos renacer en el amor y la paz que solamente Dios nos puede dar

Que durante esta celebración de San Pedro y San Pablo podamos comprender lo importante que es dilatar nuestro corazón para ensancharlo constantemente en el amor sin límites de Dios, comprendiendo lo vital que es reconocernos como hermanos, con nuestras fallas y defectos, haciendo un espacio para que allí reine la convicción de constante conversión y deseo de cumplir la misión de Dios en nuestras vidas.

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