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San Pedro «en Gallicantu»: aquí Pedro negó a Cristo como Jesús lo había anunciado

Ayer hablábamos de la unción en Betania, donde María derramó un perfume costoso como expresión de amor y entrega. Hoy, en el corazón de Jerusalén, el Evangelio que hoy escuchamos nos sitúa en un momento muy distinto: el de la fragilidad y la negación. Pedro, el discípulo fuerte, apasionado, seguro de sí mismo, niega conocer a Jesús tres veces antes de que cante el gallo.

Mientras los primeros rayos del alba iluminan Jerusalén, Pedro, que debía pronunciar el Shemá Israel —la oración que cada judío fiel recita al comenzar el día como profesión de fe—, hace justo lo contrario: niega al Maestro. Lo hace con temor, con debilidad, con desconcierto. Y entonces canta el gallo.

Capilla del Segundo Nivel del Santuario, al centro el icono de Pedro arrepentido

El evangelio de Lucas añade un detalle a este pasaje que conmueve profundamente: Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro” (Lc 22, 61). Esa mirada no fue de reproche, sino de amor. Fue una promesa silenciosa de perdón y de fidelidad, porque ese mismo Pedro, que cayó, será también el que será levantado, confirmado y enviado. Recordarán que días después, el Resucitado encontrará a Pedro junto al mar de Galilea y, con la misma ternura, le preguntará tres veces: “¿Me amas?”, para sanar con amor cada una de sus negaciones. Así es Jesús: no se cansa de confiar en nosotros.

La iglesia del canto del gallo

En Jerusalén, este pasaje se recuerda en un lugar lleno de historia y de fe: la iglesia de San Pedro in Gallicantu, cuyo nombre en latín significa “el canto del gallo”. Está ubicada en el Monte Sión, donde la tradición ubica la casa del Sumo Sacerdote Caifás, ante quien Jesús fue llevado tras su arresto en Getsemaní.

Nivel Superior de la Basílica de San Pedro in Gallicantu

Desde tiempos muy antiguos, este sitio ha sido venerado. El Anónimo de Burdeos (s. IV), el Breviarius de Hierosolyma y san Cirilo de Jerusalén lo mencionan como un lugar de culto cristiano antes del siglo V. En el siglo XIX, los Padres Asuncionistas emprendieron excavaciones que sacaron a la luz restos de una basílica bizantina del siglo VI, baños rituales judíos (miqva’ot) del período herodiano y una cisterna venerada ya desde el periodo bizantino.

Peregrinos orando en la cisterna, donde la tradición ubica la cárcel de Jesús en la noche del Jueves Santo

La actual iglesia, construida en tres niveles, permite al peregrino hacer un camino de profundidad espiritual:

Sobre la cúpula de la iglesia hay un gallo, símbolo del episodio evangélico, y en la entrada de la Basílica, un relieve conmovedor representa a Jesús advirtiendo a Pedro sobre su inminente caída.

Puerta principal del Santuario con el relieve que narra el Anuncio de Jesús de las negaciones de Pedro

Las escaleras del Jueves Santo

A un lado del santuario, unas escaleras de piedra del siglo I bajan y suben por la ladera del Monte Sión hacia el Torrente Cedrón. Se cree que por ahí descendió Jesús después de la Última Cena hacia Getsemaní, y por ahí subió —esposado y golpeado— hacia la casa de Caifás tras su arresto.

Escaleras en el Santuario de San Pedro in Gallicantu

Durante el año, los peregrinos solo pueden ver estas ecaleras desde la distancia. Pero en la noche del Jueves Santo, después de las Vísperas en el Huerto de los Olivos, tiene lugar una procesión con antorchas en la que jóvenes cristianos locales y peregrinos de todo el mundo acompañan simbólicamente a Jesús en su camino hacia la pasión. Esa noche, las escaleras son abiertas y pueden tocarse: se convierten en una verdadera reliquia viva que ha sido testigo de los pasos del Redentor.

Descenso de Jesús por las escaleras, del Cenáculo al Getsemaní
Subida de Jesús por las mismas escaleras del Getsemaní a la Casa de Caifás

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