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Sábado Santo en Jerusalén: la luz de la Resurrección nace en el Santo Sepulcro

Cada rincón de la Basílica del Santo Sepulcro guarda un misterio profundo, pero en el Sábado Santo se torna en el centro luminoso de la fe cristiana. Aquí, en el mismo lugar donde el Señor venció la muerte, se celebra con especial solemnidad la Vigilia Pascual, llamada con razón por la liturgia “la Madre de todas las Vigilias”.

Aunque la norma litúrgica establece que esta celebración debe hacerse al anochecer del sábado, en Jerusalén —por disposición del Status Quo que regula la vida de los lugares santos— la Vigilia se celebra excepcionalmente por la mañana en la Basílica del Santo Sepulcro. Una excepción que, lejos de disminuir su valor, ha adquirido un nuevo simbolismo: aquí, donde brotó la luz de la Resurrección, comienza a extenderse al mundo entero.

La celebración se realiza a la entrada del Edículo del Santo Sepulcro, ese pequeña capilla que es un gran relicario que resguarda la tumba vacía de Cristo, principal meta de peregrinación del cristiano. El Patriarca Latino de Jerusalén preside la liturgia, acompañado por los frailes franciscanos custodios de Tierra Santa, peregrinos de distintas partes del mundo y la comunidad cristiana local, particularmente los fieles que habitan dentro de los muros de la Ciudad Vieja.

Como en toda Vigilia Pascual del rito latino, la liturgia se desarrolla en cuatro grandes momentos:

El lucernario, donde se bendice el fuego con el que se enciende el Cirio Pascual, símbolo de Cristo resucitado. Los fieles llevan sus propios cirios que encienden de la luz del Cirio Pascual, para llevar a casa del fuego bendito.


La liturgia de la Palabra, que recorre la historia de la salvación hasta el anuncio del Evangelio pascual. En el Santo Sepulcro se denota la universalidad de la Iglesia. Pues cada lectura se proclama en diferente lengua. Al finalizar las siete lecturas y siete salmos, se entona con el órgano el Gloria y las campanas de la Basílica resuenan al interior y en toda la Ciudad Vieja de Jerusalén.


La renovación de las promesas bautismales, con la aspersión del agua bendita, que recuerda la vida de gracia que Cristo nos abrió con su Resurrección.


La liturgia eucarística, culmen de la celebración, que nos une al misterio pascual del Señor en su presencia Sacramental. ¡Jesús está vivo en la Eucaristía! ahí se quiso quedar hasta que vuelva en su segunda venida!

Celebrar la Vigilia Pascual en el lugar donde todo comenzó es un privilegio único. Aquí no hay duda de que la piedra fue removida, la tumba está vacía, y el Resucitado camina delante de nosotros hacia la vida nueva. Aquí, la esperanza no es solo un deseo, es una certeza que se palpa, se contempla, se vive.

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