Cada 1º de mayo, la Iglesia celebra a San José Obrero, patrono de los trabajadores. Esta fiesta, instituida por el Papa Pío XII en 1955, quiso ofrecer a los trabajadores cristianos un modelo de vida laboriosa y justa, recordando que el trabajo no solo dignifica al ser humano, sino que también es un camino de santificación.
San José, el esposo de María y custodio de Jesús, ha sido tradicionalmente reconocido como carpintero. Sin embargo, el Evangelio según san Mateo utiliza el término griego téktōn (τέκτων) para describir su oficio, una palabra que no se limita únicamente al trabajo de la madera. Téktōn puede referirse a cualquier tipo de artesano: carpintero, constructor, cantero o incluso alfarero. Así, la figura de José encarna a todos los que, con el trabajo de sus manos, colaboran en la obra de Dios en el mundo.
Nazaret en tiempos de Jesús
En la época de Jesús, Nazaret era apenas una aldea de pocas familias, enclavada en las colinas de Galilea, alejada de los grandes caminos comerciales. Era un lugar sencillo, casi escondido, que difícilmente figuraba en los mapas de la época. Por su reducido tamaño, es muy probable que José —y posteriormente Jesús— buscaran oportunidades de trabajo en poblaciones cercanas.

Una de estas ciudades vecinas era Bet She’an (conocida en tiempos romanos como Escitópolis), ubicada a unos 40 km de Nazaret. Esta ciudad era un importante centro urbano de la Decápolis, famoso por su arquitectura romana, sus teatros, termas y calles porticadas. Hoy es uno de los yacimientos arqueológicos mejor conservados de Tierra Santa. No es difícil imaginar a José y al joven Jesús trabajando como constructores o artesanos en medio del bullicio de una ciudad en expansión.
La Iglesia de San José en Nazaret
En pleno corazón de Nazaret, muy cerca de la Basílica de la Anunciación, se levanta la llamada Iglesia de San José, también conocida como la Carpintería de San José o la Iglesia de la Nutrición. Según una antigua tradición cristiana, este lugar recuerda el hogar de la Sagrada Familia tras su regreso de Egipto (cf. Mt 2, 19-23).
Aquí, en este humilde entorno, Jesús pasó la mayor parte de su vida, viviendo sujeto a María y a José, como señala el Evangelio de san Lucas: “Y bajó con ellos a Nazaret y les estaba sujeto” (Lc 2, 51). Desde este hogar sencillo, partían cada año en peregrinación a Jerusalén para celebrar las fiestas de Pascua, siguiendo las tradiciones del pueblo judío. Y fue aquí donde Jesús «crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).
La arqueología confirma el valor antiguo de este lugar: bajo la iglesia actual se conservan restos de viviendas de la época, así como un baño ritual (mikve), típicos de los judeocristianos —los primeros seguidores de Jesús que mantenían prácticas judías—. Se ha interpretado que se trata incluso de un bautisterio. Estos hallazgos evidencian que desde los primeros siglos del cristianismo se veneraba esta área como un sitio especial vinculado a los años de la vida privada de Jesús.
Un modelo para todos los trabajadores
Celebrar a San José Obrero nos recuerda la dignidad de todo trabajo honrado y el valor de la vida sencilla. Desde el pequeño y olvidado pueblo de Nazaret, Dios hecho hombre mismo quiso aprender el oficio de manos de un artesano anónimo, en el silencio del taller, en la fatiga de las jornadas diarias. El testimonio de José enseña que toda labor, por sencilla que sea, tiene un sentido profundo cuando se realiza con amor y dedicación.
Visitar la Iglesia de San José en Nazaret es, así, una oportunidad de acercarse al misterio de esos años escondidos de Jesús, en los que el Hijo de Dios santificaba cada gesto cotidiano, bajo la guía atenta de su padre terreno.