En la solemnidad de Pentecostés, los corazones de los fieles católicos se dirigen a través de la liturgia al Cenáculo de Jerusalén, un lugar impregnado de historia y espiritualidad. Este recinto, aunque actualmente no es una iglesia de ninguna denominación cristiana, guarda en sus muros los ecos de dos momentos fundacionales de nuestra fe: la Última Cena y la venida del Espíritu Santo.

A pesar de ser propiedad actualmente del Estado de Israel y no ser un lugar de culto regular, el Cenáculo en el Monte Sión sigue siendo meta de peregrinación y lugar de devoción continua.
Después de la Resurrección y de Pentecostés esta fue el centro de la naciente comunidad cristiana. En la segunda mitad del siglo IV, los cristianos construyeron una gran Basílica nombrada como «Hagia Sión» o «Santa Sión». Entre continuas destrucciones e intentos de restauración de la basílica “Hagia Sión”, la destrucción de 1219 dejó solo en pie la “Sala Alta” que hasta hoy en día contemplamos, de estilo medieval.
En 1333, los franciscanos habían reivindicado esta propiedad, otorgada por los soberanos de Nápoles, Roberto I y Sancha de Mallorca. Sin embargo, en 1552, fueron expulsados por los otomanos, y hasta ahora han conseguido, con esfuerzo, el derecho de celebrar las misas del Jueves Santo y Pentecostés.
Ya en el siglo XX, los franciscanos con la comunidad local cristiana, consiguieron algunas propiedades próximas al Cenáculo para re-instituir su presencia en el Monte Sión. Hoy podemos visitar el Convento de San Francisco Ad Coenaculum, mejor conocido como Cenacolino. Aqui es el lugar más cercano al Cenáculo para celebrar la Eucaristía en una peregrinación fuera de Pentecostés o Jueves Santo.
Por lo anteriormente dicho el Cenáculo es, además, del lugar de nacimiento de la Comunidad Cristiana de Jerusalén y de la Iglesia Universal, el origen de la presencia franciscana en Tierra Santa. Aquí se estableció su primer convento y la sede de la Custodia, y hasta el día de hoy, el Custodio de Tierra Santa es nombrado “Guardián del Monte Sion y del Santo Sepulcro”. Este título subraya la importancia histórica y espiritual de este lugar para los franciscanos y para todos los cristianos.
El interior del Cenáculo alberga dos significativos símbolos eucarísticos: un pelícano en un capitel y un cordero en el techo del cual cuelga una lámpara. Aunque no hay signos visibles de Pentecostés, es frecuente encontrar pequeños grupos de peregrinos hablando en diferentes lenguas, unidos en una misma fe, leyendo el evangelio, orando y reflexionando sobre los acontecimientos que allí tuvieron lugar.
La escena es un reflejo vivo de Pentecostés: diferentes lenguas, una misma fe. El Cenáculo es un recordatorio constante de que, a pesar de las diferencias culturales y lingüísticas, la fe en Cristo y la acción del Espíritu Santo unen a los creyentes de todo el mundo.
En este día de Pentecostés, reflexionamos sobre cómo la Iglesia está viva gracias al Espíritu Santo, quien la ha guiado a través de casi dos mil años de existencia ¡Que el fuego del Espíritu siga inspirándonos y renovándonos continuamente! Que este Pentecostés sea un tiempo de oración, reflexión y esperanza en la acción continua del Espíritu Santo en nuestras vidas.
¡Feliz Pentecostés a todos, en oración y espera del Espíritu Santo!