Hoy 29 de junio, la Iglesia celebra con solemnidad la fiesta de San Pedro y San Pablo, columnas de la fe y mártires en Roma. La Ciudad Eterna conserva viva su memoria, por esto peregrinar a Roma es una oportunidad única para caminar tras sus pasos y profundizar en el testimonio del primer Papa.
Pedro, el Pescador de Galilea llamado a ser Roca de la Iglesia
Simón, a quien Jesús llamó Pedro —“Piedra”— fue el primero de los Doce Apóstoles, testigo de la Transfiguración, de la Resurrección y, sobre todo, del amor misericordioso de Jesús que lo restauró tras su triple negación. Pedro fue constituido por el Señor como cabeza visible de su Iglesia: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18).

Sabemos por historiadores cristianos, que san Pedro llegó a Roma para predicar el Evangelio y confirmar en la fe a la comunidad cristiana de la capital del imperio. En esta ciudad selló con su sangre su fidelidad a Cristo, siendo martirizado en tiempos del emperador Nerón. Hoy, Roma conserva santuarios que permiten a los peregrinos seguir de manera tangible los últimos pasos del Apóstol.
1. La Basílica de San Pedro en el Vaticano
El lugar más emblemático de todos es, sin duda, la Basílica de San Pedro. Se alza sobre la colina vaticana, donde según la tradición —y como lo confirmaron excavaciones arqueológicas del siglo XX— fue martirizado y sepultado el apóstol Pedro. Bajo la Basílica se encuentran los restos de la antigua necrópolis vaticana, donde una tumba venerada desde los primeros siglos se distingue por un antiguo grafitti en griego: «Petrus eni» que significa «Pedro está aquí».
El emperador Constantino mandó construir allí una primera basílica en el siglo IV, pero la actual —una de las más grandiosas del mundo cristiano— fue iniciada en 1506 y consagrada en 1626. En su construcción participaron artistas como Bramante, Miguel Ángel (autor de su famosa cúpula), Bernini y Maderno. El estilo dominante es el Renacimiento y el Barroco. Hoy, millones de peregrinos acuden no solo a admirar su belleza, sino para orar junto a la tumba del apóstol a quien Cristo confió la Iglesia.
2. La Iglesia de San José de los Carpinteros y la Cárcel Mamertina
En el Foro Romano, muy cerca del Coliseo, se encuentra la Cárcel Mamertina, antiguo Tullianum. La tradición cristiana ubica aquí, la cárcel donde fue encerrado san Pedro antes de su martirio, junto con san Pablo. Allí predicaron, convirtieron a sus guardianes y bautizaron a otros prisioneros. Encima de esta oscura prisión se construyó la iglesia de San José de los Carpinteros, de estilo manierista, concluida en el siglo XVII.
Al interior de la Iglesia se conserva la cisterna donde permanecieron Pedro y Pablo. Es un sitio sobrio y profundamente conmovedor, donde el silencio y la piedra parecen hablar de la fortaleza y fe de los santos apóstoles, columnas de la Iglesia.
3. Basílica de Santa Pudenciana
Considerada una de las iglesias más antiguas de Roma, Santa Pudenciana se encuentra en el barrio del Esquilino. Su origen se remonta al siglo IV, construida sobre la casa del senador romano Pudente, convertido al cristianismo, y que acogió a San Pedro durante su estancia en Roma.
San Pedro residió aquí durante sus primeros años en la ciudad. En este lugar el apóstol predicó y bautizó a los primeros cristianos. Recordarán que en ese entonces todavía no habían iglesias, sino «Domus Ecclesiae» ó «Casas Iglesias» donde se reunían los cristianos para celebrar la Eucaristía y predicar.
La Basílica actual recibe el nombre de una de las hijas del senador Pudente, santa Pudenciana. Conserva un magnífico mosaico absidal del siglo IV, uno de los más antiguos de Roma, donde aparece Cristo entronizado rodeado de los apóstoles.
4. La Iglesia del “Domine Quo Vadis” en la Vía Appia
En las afueras de la ciudad, sobre la antigua calzada romana de la Vía Appia y muy cerca de las Catacumbas de San Calixto, se encuentra la pequeña iglesia de “Domine Quo Vadis”.
El nombre recuerda una conmovedora tradición: cuando Pedro huía de Roma para evitar la persecución de Nerón, se encontró con Cristo que venía en sentido contrario. Pedro le preguntó: “Domine, quo vadis?”, es decir «Señor, ¿a dónde vas?» y Jesús le respondió: “A Roma, a ser crucificado de nuevo”. Avergonzado, Pedro regresó a enfrentar su destino. En la iglesia se conserva una piedra con lo que se venera como las huellas de los pies de Cristo. El edificio actual es del siglo XVII, de estilo barroco, construido sobre una capilla medieval.
Peregrinar tras los pasos de Pedro
Recorrer estos lugares en Roma no es solo una experiencia histórica o artística, sino una oportunidad para renovar nuestra fe. San Pedro, impulsivo y frágil, se convirtió —por la gracia de Cristo— en roca firme de la Iglesia. Siguiendo su camino en la Ciudad Eterna, los peregrinos pueden redescubrir su propio llamado a vivir una fe valiente, humilde y comprometida.